«En este trabajo hay que aprender a ver y callar»

GALICIA

Graciela no quiere fotos. Tampoco está para bromas y sonríe lo justo para no parecer descortés con el periodista que se interesa por los detalles más escabrosos de su vida en los últimos años. Acaban de dejarla sin trabajo por el cierre de uno de los clubes de Lugo y reconoce que recurrir a los servicios sociales le hace tan poca gracia como trabajar en el alterne. «Es un trabajo duro, pero especialmente al principio. Cuando estás recién llegada, tan joven y sin papeles, vives en una angustia insoportable».

Graciela asegura que a la mayoría de las chicas les sacan el pasaporte nada más llegar para evitar que escapen. «Esa inseguridad y el miedo a la policía, en un país desconocido y sin familia, es muy duro al principio». Cuando se van acostumbrando, gracias al apoyo de sus compañeras, explica Graciela, llega la parte más dura de ese trabajo: «Un porcentaje muy elevado de los clientes no quiere preservativo y te pide sexo a pelo. Claro que te puedes negar alguna vez, pero no puedes estar buscando follón a cada rato porque además necesitas el dinero y pagar la habitación. Y las condiciones higiénicas y sanitarias dejan mucho que desear en los locales, pero aún son peores a veces los clientes. Yo me encontré hace poco con un chico de unos 20 años con síntomas tan espantosos de enfermedades venéreas que salí corriendo a buscar a las compañeras para evitar un problema con el muchacho».

Graciela explica que la crisis también está pasando factura en el sector, y que por ello en los dos últimos años no han subido la tarifa. Siguen cobrando unos 50 euros por servicio.

Competir con travestis

«Y luego, si hay un travesti en el club, las chicas no nos comemos un rosco en toda la noche, porque los tíos más viciosos prefieren un travesti antes que a una mujer», asegura la joven brasileña, que también se queja de la competencia de los pisos. «Las chicas en pisos están acabando con el negocio de los clubes. Yo nunca he estado en ninguno, pero dicen que en la costa (A Mariña lucense), los clubes cerraron todos y solo hay pisos ya».

Ella no quiere identificar el club de Lugo en el que trabajaba hasta la noche que lo precintaron, pero asegura que en algunos solían ser frecuentes los golpes a algunas chicas: «Por quedarse embarazadas, o negarse a trabajar, o por no acostarse con un jefe. Yo no he sufrido especialmente la violencia, pero una compañera mía, en un club de esos sobre los que ustedes están escribiendo de Lugo, acabó en el hospital y hubo que extirparle el bazo. Hace casi dos años. Estuvo a punto de morir. Al poco tiempo hubo una redada y a las que pillaron sin los papeles en regla, les preguntaban en la comisaría quién le había pegado. Ninguna abrió la boca. Y más les valió... En este trabajo hay que aprender a ver y callar».