Crónica de una noche al aire libre entre universitarios, tacones, risas, minifaldas, plástico, alcohol de alta graduación, mucha basura y ninguna violencia
04 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Es jueves, 1 de octubre. Primer jueves universitario del curso, es decir, primer gran botellón de la temporada. Me apunto a la convocatoria que nadie apadrina pero en la que todos participan. Para ello estoy citado con un grupo de estudiantes con quienes tengo la intención de vivir y comprender uno de los fenómenos juveniles más exitosos de la última década. El grupo lo formamos ocho, todos varones. Mis compañeros de noche cursan estudios de Derecho, Psicología y Químicas en el campus de A Coruña y van armados con ron, vodka y güisqui. Unos dos litros en total.
A las once y media estamos ya todos en el punto de encuentro y no nos entretenemos mucho: «Vamos, vamos -apura uno de ellos- o nos quedaremos sin sitio». La advertencia no es nada maximalista. En cuanto nos asomamos a la Marina ya oímos el bullicio y al cruzar la avenida se presenta un espectáculo sorprendente cuando se observa por primera vez: miles de chavales ocupando todo el espacio pisable (y parte del no pisable) de los amplios jardines de Méndez Núñez. Cruzamos la calle y comprobamos que, efectivamente, nos hemos quedado sin sitio. El único banco libre es probablemente el peor ubicado de todos los espacios donde a estas horas se está haciendo botellón en Galicia. Pero nadie apuesta por penetrar entre la multitud. Todos al banco y a preparar las copas.
Hacia el epicentro
Con el grupo liberado más o menos de la distorsión que supone mi presencia, se comentan las presentaciones del curso, novedades sobre este o aquel y, sobre todo, el concurso de uno de ellos en un televisivo concurso de póker. Las conversaciones se van atomizando, pero la situación no es buena. Estamos excluidos del mogollón y a veinte metros de un coche de policía municipal. «Si no pasa nada, nunca intervienen», me explica Jaime, mi anfitrión. Pronto llega una chica, vestida, taconizada y maquillada como si estuviéramos en un cotillón de fin de año y nos pregunta qué estamos haciendo allí. Es amiga de algunos y nos conduce hacia el ojo del botellón. No es fácil moverse entre la masa que bebe, fuma y charla alegremente en corrillos de los que salen carcajadas. Pero al final llegamos, unimos nuestra infraestructura alcohólica a la ya existente y nos ponemos a hacer copas y diluirnos felizmente entre las charletas que nos rodean. Una de las chicas a cuyo grupo nos hemos incorporado me cuenta con desparpajo que es su primer curso universitario y su primer botellón aquí. Está encantada y me repite con frecuencia que ella es de Malpica:
-Xa o podes poñer ben grande. De Mal-pi-ca-de-Ber-gan-ti-ños.
En una mano tiene un vaso y en la otra una botella de algo que ella llama «espumoso» y que le ha costado 3,50 la botella de tres cuartos. Su evidente achispamiento da fe de la calidad del producto. Pero la charla es divertida y gira hacia las aventuras en la vivienda y al que se refiere como «o piso fiesta jolgorio». Botellón en galego, pienso en voz alta. «También lo hay en castellano, eh», interviene la chica que vino a rescatarnos y que disfruta de otra botella del popular «espumoso». Tras el habitual chorreo que soporto toda la noche contra la presión de los medios sobre el botellón, le pregunto si le preocupa el efecto en su salud del consumo de alcohol.
-Me hacen más daño las hamburguesas que como por ahí. No por lo que tienen, sino por la cantidad que consumo.
Mis compañeros se preparan para partir de nuevo. Entre pitos y flautas nos hemos puesto en las dos y media de la mañana. Para el camino, mezclamos el ron que queda en media botella de cola. En los jardines, sin embargo, la muchedumbre sigue bebiendo y charloteando entre la basura que ya tiñe todos los claros que van quedando. Nos vamos pronto, al parecer: «El botellón no es un fin, es un medio», resume mi anfitrión.