La política se comunica en Internet

La mayoría de los cargos públicos participan en las redes sociales digitales, aunque el uso que hacen de ellas está orientado fundamentalmente a los réditos electorales


Por la propia naturaleza de su actividad, los políticos han desarrollado una identidad pública, articulada sobre todo por su imagen en los medios, y que ahora han ampliado a Internet. Si antes se decía que quien no sale en televisión no existe, ahora el que no existe es el que no tiene blog o perfil de Facebook y envía mensajes desde su cuenta de Twitter: su identidad digital. Desde el presidente de la Xunta a concejales, alcaldes, conselleiros, agrupaciones locales, comarcales y provinciales de partidos..., todos participan de las redes sociales, aunque con resultados desiguales. Algunos se muestran bastante activos y mantienen una relación fluida con los ciudadanos que consultan, como los alcaldes Abel Caballero o López Orozco y los diputados Manuel Baltar y José Manuel Lage o la representante del BNG en la UE, Ana Miranda; otros, como la senadora María Jesús Sainz, se limitan a publicar en su blog notas de prensa. En cambio, desde el 1-M, el de Feijoo está inactivo, igual que el videoblog de Anxo Quintana.

Los analistas señalan la vinculación con las urnas como síntoma del uso limitado que los políticos dan a su identidad digital. «Es una forma más de propaganda, sencilla y barata», apunta Juan Varela, autor del blog Periodistas21 . «No se han creído nada de las redes sociales», dice Enrique Dans, profesor de la IE Business School y bloguero. «O uso é fundamentalmente electoral», coincide Manuel Gago, profesor de la USC y especialista en nuevos medios.

Entre los principales defectos que lastran la identidad digital de los políticos se encuentran la delegación en terceros y el uso de Internet como emisores y no interactuar.

Don de la ubicuidad

Dans pone como ejemplo el caso de Rosa Díez, que firmaba mensajes a través de Twitter hasta que alguien advirtió que era imposible que enviase textos y estar en directo en televisión al mismo tiempo. «Pueden justificarse en que están muy ocupados, pero que no me mientan», critica Dans, quien, además, cree que la falta de tiempo no es obstáculo para mantener una identidad digital: «Es cuestión de prioridades». Este profesor opina que muchos políticos recelan de la redistribución del equilibrio de poder que conllevan las redes sociales: «Les tienen miedo porque no las controlan», y pone como ejemplo extremo la censura del Gobierno chino a la actividad en la Red.

En un sentido similar se expresa Varela: «El reto es utilizar Internet como una herramienta para hacer política de verdad, que establezca una mayor intervención del ciudadano en decisiones y asuntos que les competen». El problema radica en que esta idea choca con el sistema político español. «Tenemos una democracia un poco de mentira, con un sistema partidista, burocrático y poco abierto», describe. «Así que al político no le interesa esa participación porque tampoco la necesita». Con todo, Varela aprecia una utilidad sobre todo en ámbitos locales, donde la política puede ser más participativa, y cree que las redes sociales pueden beneficiar a partidos pequeños o asociaciones para facilitar la propagación de sus mensajes. Para Gago, estamos asistiendo aún a la «punta do iceberg» en el desarrollo de las redes sociales.

Cultura de procesos

Gago cita a la Casa Blanca y Downing Street como ejemplos de centros de poder que están sacando partido de las redes sociales, algo que relaciona con otra forma de entender la política: «Eles son dunha cultura dos procesos, de ir achegando explicacións intermedias nas fases», algo que en lo que encajan a la perfección las herramientas digitales. Aquí, en cambio, se interactúa menos. «Cren que nas redes sociais chega con estar, pero non, o que hai que facer é actuar», resume. Además, ese actuar conlleva un ejercicio de transparencia, algo que aún cuesta.

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