Eran pobres en los ochenta, montaron su propia empresa en el bum económico y ahora ven el futuro con incertidumbre
26 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.No es exagerado decir que los Moloney eran una familia pobre. Los adolescentes españoles que en los veranos de finales de los ochenta se alojaban en su casa para asistir a cursos de inglés pasaban más hambre que vergüenza. La vivienda adosada de Mountainview Drive, a las afueras de la localidad costera de Bray, tenía tres pequeñas habitaciones, así que cuando llegaba el estudiante extranjero, Natalie, la niña, se iba a las literas de los cuatro leones, Wesley, Garreth, Christopher y Lee, todos entre los cuatro y los once años. Era un pequeño engorro, pero las pesetas que llegaban desde España venían muy bien en casa de los Moloney. Gerry, casco azul de la ONu, veterano de la guerra del Líbano, se quejaba de que Irlanda pagaba muy mal a sus soldados. Ann, la esposa, apandaba con la prole. Lo más divertido de la semana era ir todos juntos el domingo a misa y comprar un pollo asado para comer a la vuelta y agasajar al hambriento adolescente español.
Mountainview Drive ya ni se llama así, sigue siendo una barriada modesta, pero hace muchos años que los Moloney no pasan miserias. «Ahorramos para comprar un coche, y nos dimos cuenta de que los cuatro o cinco taxis que había en Bray empezaban a estar saturados», recuerda Ann, abuela hoy de siete nietos (y dos en camino). Los habitantes de esta ciudad dormitorio situada al sur de Dublín, en cuya playa vive su vecino más famoso, un tal Paul David Hewson (conocido también como Bono), se habían cansado de subir cuestas. Los estudios de cine Ardmore (En el nombre del padre, Braveheart, la serie Los Tudor...), la fábrica de Nixdorf Computers, la primera sede de Dell en Irlanda, comenzaron a tirar de la economía local, así que Gerry dejó el Ejército, se empeñó hasta las cejas para comprar una furgoneta, y veinte años después los Moloney tienen la segunda empresa de taxis de la ciudad.
Al cargo de la misma está ahora Lee, el hijo pequeño. Natalie ha sido ascendida a encargada en la cadena de alimentación Tesco. Wes, el hermano mayor, trabaja de chef en un hotel de Dublín y comienza a hacerse un nombre en el mundo de los fogones. Christopher es comercial de una empresa británica y Garreth lleva las cuentas de varias pymes de la comarca. Gerry y Ann aún no piensan en jubilarse. Cuanto esto ocurra, les gustaría hacer un crucero. De momento, están abonados a Canarias, Fuengirola, Salou... El año pasado, aprovechando el descalabro del dólar, se dieron un garbeo por Nueva York. Los Moloney: el milagro del tigre celta.
«La gente ya no coge taxis»
Ann está preocupada ahora: «La gente ya no coge taxis. Desde hace un año, con todo esto de la recesión, comenzamos a notar un gran bajón, y tuvimos que prescindir de algún conductor». La madre tiene miedo también por el futuro laboral de sus hijos: «Antes no era un problema irte al paro; los jóvenes encontraban trabajo al día siguiente. Ahora es diferente. Las cosas han empeorado muy deprisa».
Pero los Moloney, metáfora del país, se reinventan a marchas forzadas. Hace algunas semanas le dieron un giro al negocio. Aprovechando que tocaba cambiar un par de taxis, se compraron un minibús, y ahora han ampliado su mercado al campo turístico. Bray es la cabecera del condado de Wicklow, uno de los parajes más bellos de Irlanda -las colinas de Braveheart no estaban en Escocia-, así que los Moloney se han comenzado a promocionar como un pequeño operador turístico local. Además, han regresado al negocio de las academias de inglés y tienen un contrato con un centro mexicano para llevar y traer al aeropuerto a jóvenes latinoamericanos que vienen a la isla a aprender la lengua de Shakespeare.
Ann está segura que saldrán de esta: «Ya lo hicimos una vez», recuerda. Pero es muy crítica con los políticos, y con todos los que permitieron que se llegara a la situación actual: «No entiendo de política, pero está claro que hace falta un cambio. Los dirigentes irlandeses son los mismos desde hace muchos años. Cuando las cosas iban bien, no se sabía si eran buenos o malos. Pero ahora ha quedado claro. La única forma de acabar con la recesión es que entren chicos jóvenes, con ideas nuevas. A estos se les han agotado».