Con un ojo en el colesterol y el otro en el cambio del dólar

GALICIA

En Beariz, donde hay censados 3,3 coches por vecino, ya empiezan a ver decrecer el efecto del éxito mexicano

28 dic 2008 . Actualizado a las 14:04 h.

«Aquí la gente va primero al centro de salud para ver si le ha subido el colesterol, y luego va al banco para ver si le han subido los intereses». Lo dice un vecino entre risas, pero lo cierto es que en el pueblo hay más espacio habitable en las cinco oficinas bancarias que en el pequeño ambulatorio. Consecuentemente, la actividad en esas oficinas es también mayor. En una de ellas, el empleado resuelve en quince minutos las demandas de media docena de clientes que van entrando poco a poco. Sale uno y entra otro. Casi todos tienen inquietudes sobre el dólar durante esa mañana en que se han despertado con una rebaja histórica en los tipos de interés. Mientras una señora de edad espera, el empleado anota por teléfono un cambio de seis mil dólares como el carnicero que toma un pedido de medio kilo de filetes.

«Eso de que somos tan ricos es nuestro sambenito», dice José Balboa, uno de los nueve concejales de Beariz, todos del PP. Balboa, un hombre de mundo, no se corta en calificar de «monumentos a la pobreza» las mansiones que salpican todo el concello y con las que los afortunados emigrantes en México, los verdaderos artífices del milagro estadístico que sitúa al pueblo como el de mayor renta de Galicia, han dejado la huella de su éxito trasatlántico. «Pero el pecado de los bearicenses -continúa Balboa- es que nunca hicieron una inversión en el pueblo para que floreciera alguna actividad económica».

Y efectivamente, Beariz es un pueblo con una actividad productiva irrelevante, sin apenas explotaciones agroalimentarias y donde el abandono del campo ha permitido que la naturaleza le devolviera al concello un aspecto agreste y de enorme belleza. Como si la población viviera de las rentas en alguna de esas extravagantes construcciones de cinco plantas (algunas incluso tienen jardines con hierba artificial), enormes cocheras y los referentes arquitectónicos más heterodoxos. Cuentan en el pueblo que en alguna de esas mansiones hay grifos de oro o que, para evitar humedades, algunas tienen la calefacción encendida todo el año aunque sus dueños solo las ocupen uno o dos meses.

Lo de las cocheras tiene sentido. En alguna parte tienen que estar los 4.487 turismos censados en el ayuntamiento, más de tres por vecino. «Son garajes grandes -cuenta un paisano-, pero en verano sacan todos los coches de dentro y los ponen en formación frente a la casa, para que se vean». En la muestra, por supuesto, se incluyen vehículos tipo Ferrari, Lamborghini y hasta algún Rolls, aunque en todo Beariz no haya un taller mecánico y mucho menos un concesionario.

Las quejas

Pero a mediados de diciembre, esas piezas no andan por el pueblo. Es más fácil escuchar quejas sobre la dirección que toman las cosas. Los emigrantes ya no vuelven como volvían y, cuando lo hacen, miran más la billetera: «Antes todo eran cubatas -cuenta una señora en un bar-, pero ahora pasan toda la tarde con una bolsa de pipas y un café». «Es verdad -confirma la dueña del único supermercado del pueblo frente a una alacena repleta de productos como chile, tortitas y guacamole-, cada vez están menos tiempo, tardan más en venir y gastan menos. Pero para el pueblo siguen teniendo mucha importancia». Tanta, que ella misma se llama Guadalupe, por su madrina que estuvo allí.

Así que la crisis también llega a Beariz, donde hace algunos años aún se vendían fincas por precios asombrosos, mientras que ahora ya no se mueve una hoja. Al fin y al cabo, dicen que es una crisis de ricos y, aunque a la gente del pueblo no le gusta mucho que se lo recuerden, la verdad es que en pocos concellos rurales hay tanto interés por el cambio del dólar.