En el paraje de Carnota se suceden las pérdidas de caminantes que añaden misterio a unos escenarios rodeados de leyendas
01 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.La complicada geografía del monte Pindo, al que Otero Pedrayo bautizó como Olimpo Celta, siempre ha dado vida a «misterios, fábulas, ritos y supersticiones religiosas e históricas», apuntaba el polígrafo Carlos García Bayón, quien, en el mismo texto, dejaba constancia de la complejidad de alcanzar la cima del emblemático promontorio del municipio de Carnota: «Yo creo que a las cumbres del Pindo no llegaría ni Moisés, señor del Sinaí [...] creo que aún nadie logró coronar las cumbres cimeras y auténticas del monte».
Realmente, el escenario invita a la aventura, ya que el paraje dispone de una serie de elementos que lo llenan de atractivos para el caminante, empezando por la tonalidad rosada de sus piedras que, a medida que cambia la luz del día, va pasando a tenues colores que van desde el dorado al violeta.
A su aspecto natural y esa disposición pétrea que da la sensación de precipitarse sobre el océano se suman la historia y las leyendas, que hablan de la existencia de un castillo, en el paraje de Peñafiel, donde, en una roca, según el historiador José Barreiro Barral, se hallaba una inscripción que traducida señalaba: «Reyes, obispos, presbíteros, todos por poderes recibidos de Dios excomulgados aquí en este castillo».
Carballo enano
Desde el punto de vista ambiental, el Pindo tiene asimismo un elemento diferenciador, que no se da en ningún otro paraje gallego y que estuvo a punto de la extinción: se trata del carballo enano, que actualmente se encuentra incluido en el catálogo de especies amenazadas y, por lo tanto, está protegido por la legislación gallega.
Este abanico de ingredientes hacen del monte lugar ideal para satisfacer el morbo, enriquecerse con la historia y las leyendas; practicar el senderismo, gozar de la naturaleza e incluso llenar los pulmones de aire limpio procedente del interior del océano Atlántico. Por eso el monte carnotano es visitado todos los meses del año, pero especialmente en verano, y no hay temporada en la que los sucesos no alimenten el misterio ancestral del Pindo, porque se multiplican las pérdidas de personas que, afortunadamente en los últimos años, acaban en anécdotas gracias a la proliferación de los teléfonos móviles.
Peligros
A decir de los vecinos y de las fuerzas del orden que suelen acudir en ayuda de los perdidos, circunstancias tan poco misteriosas como la noche y la niebla suelen ser las principales causas de la desorientación de los caminantes. Es cierto que no existe ninguna ruta marcada para llegar a la cima del promontorio rosa, concretamente a la Laxe da Moa, pero esta está lo suficientemente a la vista como para orientarse correctamente, mientras que para el descenso, los conocedores del paraje aconsejan guiarse por el mar. Los verdaderos problemas surgen cuando se realiza la bajada. Vecinos y usuarios señalan que los inexpertos no tienen en cuenta que a las más de dos horas que se precisan para encumbrar el Pindo hay que sumar al menos el mismo tiempo para culminar la aventura, por eso desaconsejan coronar la cima con poco prisas o con niebla. Aunque los lugareños afirman que los peligros en este monte son mínimos, hay que tener presente que cuenta con muchas zonas intransitables ya sea por lo abrupto de la orografía, la magnitud de la maleza o la existencia de precipicios, fosas, grietas y fallas rocosas, que con escasa visibilidad pueden entrañar un riesgo notable al visitante. Nadie niega las dificultades de ascender al Pindo, pero cuantos alguna vez visitaron A Moa califican la experiencia como única.