De la casa de Inditex a la de Citroën entre edificios que incluso devoran el arcén y atascos sin final aparente
GALICIA
A ratos semeja Kim Basinger esta N-550, estrecha y de curvas pronunciadas, sinuosa también, un tobogán infinito, de pendientes de hasta el 8% a las que suceden peligrosos descensos, puro serpenteo. Y a ratos Mickey Rourke, con ese firme nada firme, un asfalto como la barba de tres días que solía dejarse el actor, deficiente, lamentablemente conservado, sobre todo, a las afueras de A Coruña. No dura nueve semanas y media el recorrido completo, pero lo parece; se hace eterno.
Este embudo lo taponan cientos de camiones, inmensos, pesados, con su lento circular. Y los peatones cuando atraviesan por los muchos pasos pintados que convierten en cebra la carretera ahora sí y luego también. Y las glorietas, que se cuentan por decenas. Y los semáforos, más de cien? Y las casas, las miles de casas que, a ambas márgenes de la vía, a veces hasta se comen el arcén, lo devoran incluso. Salvo extraña excepción, dibujan esas viviendas un continuo urbano de norte a sur, como si el eje atlántico fuese en realidad todo uno, una localidad sola.
Cojo de aceras, este infierno, sin embargo, no anda falto de calderas: atasco en Vilaboa, atasco en Ordes -«Órdenes», para los letreros de Fomento-, atasco en Redondela, atascos por doquier. Y salvar las grandes ciudades, sencillamente, martiriza; por caso, Santiago, que se cruza a ritmo de bicicleta. O Pontevedra, donde a orillas del Lérez no han instalado bandas rugosas, sino montañas rusas que fuerzan al automovilista a marchar en procesión, lo ralentizan.
Entre tanta villa, abundan, por fuerza, las señales que prohíben a la aguja cruzar el límite de los 50. Igualmente, Tráfico ha sembrado de radares este campo. Casi igualan en número a los clubes, que no es poca cosa, pues luminosos ya hay los suyos.
¡Ostras, Arcade! En ruta de la cuna de Inditex a la de Citroën, hacia el final del suplicio, con su San Simón luciendo, asoma bella la ría de Vigo, cuyo mar transforma en espejo un esplendoroso sol de media tarde. Y se otea allá al fondo, majestuoso, el puente de Rande, una imagen que evoca sentimientos de envidia: ¿por qué unos deben bordear lo que otros cruzan? ¿por qué quien paga viaja y quien no solo lo intenta?
Se aprecian a lo largo de este trayecto obras varias de mejora, en expresión gubernamental. Se ven, por ejemplo, en Mesón do Vento (A Coruña), así como, mudada la provincia, en Caldas. Se antojan parches, remiendos de un vestido de fiesta ajado al cual no queda ni una lentejuela, que clama por su jubilación, que no entiende de «medios prazos». Que se pregunta cuándo, por fin, las dos metrópolis gallegas -tan cerca en el mapa y tan lejos en el tiempo- dejarán de distar tres horas y la propina.