PREGUNTA: ¿Qué restos del pasado reciente caracterizan a la Galicia dispersa? A cada uno se le ocurrirá el suyo, pero yo me quedo con el lavadero público.
16 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Entre abandonados y ocultos por la maleza se cuentan todavía a miles los cubos de ladrillo recubiertos de hormigón -los de piedra escasean-, y resguardados por uralita a secas las más de las ocasiones. En su día, no hubo parroquia que se permitiera quedar marginada de la modernidad del lavadero frente el ir a lavar al río. Hoy, por cierto, de bastantes ríos gallegos la ropa saldría más sucia de lo que estaba. El tránsito del lavadero a la lavadora eléctrica fue lento. Hasta que, en conjunto o por separado, la lavadora, la nevera y la televisión, y más recientemente la vitrocerámica, la secadora y el lavavajillas, han inflado la factura de la luz hasta suponer una dentellada en la nómina que sostiene el hogar tipo en Galicia. Cientos de miles de gallegos soportan una hipoteca inmobiliaria, pero sobre sus sueldos y sobre los de los demás pesa otra hipoteca sin plazo de vencimiento: el pago mensual por el consumo de energía, sea sólo eléctrica o mezclada con gas, butano, gasóleo... Como hay unas elecciones municipales en menos de medio año y porque dispararía la inflación -detonante siempre de crisis económica-, el Gobierno central se ha echado atrás y esta semana renunció a aplicar la anunciada subida de la luz en un 10%. El Estado, por tanto, seguirá pagando un año más a las eléctricas el desfase que existe entre el precio de la energía y la tarifa que se aplica en España; un agujero de unos 3.000 millones de euros anuales. Para taponarlo habría que subir el recibo en un 20% de media. Por supuesto, las eléctricas cobran lo necesario para que sus balances incluyan beneficios de vértigo. La mayor parte del coste de generar energía lo cobran en la factura que va a las casas y otra de los impuestos que detrae el Estado a las familias de esos mismos hogares. Con Aznar el desfase entre el importe del recibo y el coste real se agrandó, y con Zapatero no iba a ser menos. Las ligeras correcciones al alza en las tarifas siempre quedaron desbordadas por el aumento del precio de los combustibles fósiles. El petróleo jamás volverá a costar lo que antes porque es un bien finito del que cada vez dependen más millones de personas. Así las cosas, a falta de un milagro de la ciencia y por la falta de coraje para, al menos, debatir sobre centrales nucleares, el futuro depara aumentos constantes en el recibo de la luz. El coste cero era lo único bueno de los lavaderos o de lavar en el río, sin otros gastos que el del tiempo de trabajo y el jabón. A las empresas que explotan embalses y minicentrales en Galicia, gracias a concesiones públicas casi siempre amortizadas, el agua de los ríos no es que ya no les cuesta nada, sino que este año les ha reportado más beneficios. Las lluvias que inundaron Arousa o Cee aceleraron sus turbinas hasta producir en noviembre 660.000 megavatios por hora más que en el mismo mes del 2005. Convertidos en un Estado desigual e insolidario entre territorios y siendo Galicia una potencia en generación barata e infinita de energía hidráulica y eólica, ¿por qué no hemos de pagar aquí menos que en Murcia por la electricidad? Un artículo al efecto en el futuro Estatuto vigorizaría esa alicaída simpatía que la reforma genera en todos los hogares que reciben dentelladas energéticas cada vez más profundas, vía domiciliación bancaria.