La desintoxicación

La Voz

GALICIA

LUÍS VENTOSO

07 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

QUIEN nazca tío en España será un sufridor social si no le va el fútbol, pues queda excluido de multitud de conversaciones (las mujeres son más agudas: saben que hay temas mejores que la pájara de Raúl y la metafísica del Sabio de Hortaleza). Nos educan desde enanos para que nos guste el fútbol. Lo logran, porque un partido fino constituye un gran espectáculo; aunque peor, eso sí, que cualquier buena película. Tras patear el balón en todos los recreos infantiles, aterrizamos en la adolescencia como forofos. Nuestros padres nos llevan al estadio desde cativos. Les enorgullece que entremos en la secta. Ya enganchados, nos sorprendemos pendientes de la tómbola tontorrona de los carruseles. Nos angustiamos porque la figura «es duda hasta última hora». Y atendemos respetuosos a la sarta de simplezas de los ídolos: «Si marcamos antes nos pondremos por delante», «todavía queda mucha Liga»... Un día, hundido tras la derrota de tu equipo, sales de farra. A las 7 de la mañana te topas con los futbolistas que han perdido, macerados en ron y partiéndose de risa en el garito de moda. Descubres que el fútbol te preocupa a ti más que a ellos. Más tarde, te percatas de que los amores de los jugadores por sus equipos son más efímeros que un ligue de Britney Spears. Figo lo daba todo por el Barça, sí... hasta que el Madrid le pagó más. Si Hacienda te da un toque porque olvidaste consignar un ingreso pírrico, reparas en que si fueses un club de fútbol podrías fumarte la ley; reflexión que se repite cuando abonas tu hipoteca religiosamente y en plazo. Por fortuna, cuando ya estás a punto de pasar para siempre del fútbol, la prensa francesa te devuelve el interés: el Real Madrid y el Barça podrían haber formado parte de la red de dopaje del doctor Fuentes. Es la salida posmoderna para volver a apasionarnos por el balompié: situarlo en su nuevo lugar. Es decir: las páginas de sucesos.