EL CANSINO debate identitario enterrado por los incendios en verano y las inundaciones en otoño resucitó de las cenizas con la cita en Monte Pío.
29 sep 2015 . Actualizado a las 17:10 h.Mientras se desgañitan de nuevo por el giro lingüístico en un preámbulo sin valor legal de una reforma del Estatuto aún por redactar, el millón largo de gallegos que reside en las ciudades predica en el desierto sus prioridades. El Barómetro urbano que hoy publica La Voz subraya el abismo que separa a la sociedad de las disquisiciones sobre la nación de naciones: el vértigo del paro, el colapso de las infraestructuras y del transporte urbano, y el dúo formado por urbanismo y vivienda. De mayor a menor, los anteriores son los quebraderos de cabeza que confiesan padecer el millón de gallegos que residen en zonas urbanas y, por extensión, casi todos los demás. En el horizonte se vislumbra que el tira y afloja identitario copará tiempo y esfuerzos los próximos meses en Monte Pío y en el Parlamento. Allí estarán, ensimismados y ajenos a la precariedad con la que el mercado laboral recibe a los jóvenes, a los atascos para entrar o salir de casa, y al agujero negro en el que está hundida la ordenación urbana; un pozo al que no se le conoce el fondo. La sucesión imparable de acciones judiciales contra pelotazos urbanísticos es consecuencia de la avaricia, pero también del caos legal y competencial sobre quién decide dónde y cómo se construye. ¿Sabía que la Lei do Solo que aprobó la Xunta en el 2002 se modificó sólo dos años después, que el bipartito va a volver a cambiarla, y que poco importa porque a noviembre del 2006 todavía no se ha aplicado? Por supuesto, ninguna de las ciudades cuenta con sus planes adaptados a la que iba ser la ley que combatiese el desorden, la especulación y desterrase el feísmo. El bum inmobiliario, representando en Galicia por el fenómeno insólito de A Mariña, carece de control. La especulación, la información privilegiada y la arbitrariedad con la que aplican los ayuntamientos normas redactadas en la época de Adolfo Suárez provocarán que las próximas generaciones se echen las manos a la cabeza y lamenten como ahora nosotros la huella imborrable del feísmo de los años sesenta o setenta. El colmo del caos es cuando la Xunta suspende la concesión de licencias en Barreiros (Lugo), aunque desconoce cuál es el número de viviendas que ha aprobado el ayuntamiento en una carrera sin frenesí durante años. Dicho de otro modo, o mal xa está feito. En el futuro, generaciones de gallegos teorizarán sobre las razones antropológicas que extendieron el feísmo por la franja cantábrica de Lugo y A Coruña; la costa más virgen de Galicia. Difícilmente los investigadores de entonces caerán en la cuenta de la actitud con la que Touriño, Feijoo y Quintana, sus asesores y los alcaldes de sus partidos leerán hoy el Barómetro de La Voz. Empujados por la ansiedad, lo primero que irán a mirar es si ganan ellos o los otros. Su quebradero de cabeza son las elecciones.