GAITEIRA Y PIANISTA Empezó en la música con los dientes de leche; ahora completa su formación en Nueva York, aunque su corazón sigue en casa
20 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.En el escenario es nervio puro; en el camerino tranquilidad. Gaiteira según para quien o pianista según en qué momento, Cristina Pato Lorenzo (Ourense, 1980) es una sola, aunque a veces parezcan dos. -Parece cansada, en plena gira y atacando varios frentes... -Es un poco de todo. Ahora estoy en dos proyectos discográficos diferentes, uno que es el futuro DVD y cedé de un directo que grabamos este verano, y el otro un disco de música clásica que he grabado con una mezzosoprano canadiense, titulado From Russia to Brasil, canciones españolas y latinoamericanas para voz y piano. Son dos repertorios opuestos, dos maneras de trabajar completamente diferentes. Eso te hace perder el sueño a veces. -¿Entonces sí que hay dos Cristinas? -Soy un poco como el doctor Jekyll y míster Hyde; hay un momento gaita y un momento piano. Empecé con los dos muy pequeñita, con la gaita a los cuatro y con el piano a los seis. El piano te obliga a estar seis o siete horas estudiando; la gaita me aporta la fiesta que no me da el piano y quizás, en el escenario, eleve eso a la enésima potencia. -Todavía hay padres que ven mejor al niño pianista que al niño gaiteiro, como que tiene más postín... -Yo tuve la suerte de haber nacido en Ourense en la época adecuada. Cuando empecé con la gaita fue cuando empezó el bum y, el que no tocaba la gaita, jugaba al fútbol. También tuve el apoyo de mis padres en todos los sentidos; mi padre era acordeonista y en mi casa siempre se vivió la música sin prejuicios, la formación clásica vino después. -A los que hay que hacerles un homenaje es a los vecinos de los niños músicos, por su paciencia... -En mi casa, sobre todo, sufrían mis padres y el resto de mis hermanas. Vivimos en la zona de los vinos de Ourense y, quizás, nuestros ruidos, sean los menos desagradables. -Y si un día ya no aguantase esta doble condición, ¿qué elegiría? -Creo que si con 25 años no me he decidido, ya no me decidiré más. Hay un momento para cada cosa. Desde que vivo profesionalmente de esto, el invierno es para el piano y el verano para la gaita. -¿Se puede vivir de la música en Galicia? -Yo llevo haciéndolo desde los dieciocho años y no me quejo. Me da para estudiar fuera y para vivir tranquila, pero lo complicado es vivir de manera digna de la música. -Es un tema recurrente, pero todavía hay quien no sabe por qué su pelo es verde como la albahaca, verde como el trigo verde... -Fue el año que saqué Tolemia. Era mi último año de carrera de piano en Barcelona, el disco salía en febrero o marzo del 99 y me pilló todo en el meollo, con los exámenes finales. Decidí que no me iba a presentar y mi madre insistió. Entonces le dije que si me presentaba y aprobaba, me teñiría el pelo de verde. Y me lo teñí. -Buena señal, aprobó. ¿Y de dónde saca el tinte? ¿Es fiel a una marca? -Es complicado, no creas. Lo encargo directamente a la fábrica, que está en Londres, y me mandan una caja cada dos meses. -¿No le cansa? -Cuando vivo en Nueva York lo voy dejando crecer, y le vuelvo a dar color cuando vuelvo aquí. Pero es como lo de la gaita, algo que necesito para romper con lo clásico. -No se ofenda, pero he oído a quien no entiende que se deje las raíces sin pintar... -[Carcajada] Es verdad, pero lo de las raíces empezó por vagancia y ahora es la marca de la casa [sigue riéndose]. -Hay que ver qué bien lleva lo de que le pidan autógrafos, nunca da una mala contestación... -Eso es el ochenta por ciento de esta profesión. Ellos son el público, los clientes, lo son todo. Siempre estoy en contacto con ellos. Varios de mis fans del principio ya son amigos, quedamos para cenar y todo. -¿Fue una niña chapona? -¿Repelente? Un poquito. -¿Y la familia? -La familia es fundamental. La única enfermedad que sufro es la mamitis crónica, necesito estar con mi madre el máximo posible. Ahora que vivo en Nueva York nos llamamos dos veces al día. Estoy allí desde finales de agosto a principios de mayo. -En Manhattan, su pelo verde será de lo menos llamativo... -Es muy discreto, sí, pero en la universidad no tanto.