La comarca de las mil sillas

GALICIA

FOTOS: ANA GARCÍA

En la zona hay censados cerca de 4.000 minusválidos físicos, y cerca de un millar tienen una discapacidad de más del 65% causada por accidentes de circulación

24 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

En los censos de minusvalías de la Costa da Morte aparecen cifras que asustan. Cerca de 4.000 personas sufren algún tipo de minusvalía física y, de ellas, algo más de 2.000 tiene reducida su movilidad en más de un 65%. Accidentes laborales o problemas de nacimiento están tras esta situación, pero sobre todo hay un motivo: los accidentes de tráfico. Los cálculos de la asociación de minusválidos Cogami son para echarse a temblar: entre el 53 y el 57% de todas las minusvalías físicas son consecuencia directa de los siniestros de tráfico. En números redondos, se puede decir que por la Costa da Morte circulan cerca de mil sillas de ruedas salidas directamente de accidentes de coches y motocicletas, una sangría que destroza familias, llena cementerios con víctimas demasiado jóvenes y obliga a muchas personas a volver a aprender a vivir después de estrellarse tras una noche de marcha. Isabel Chouciño Blanco, una vecina de Malpica, no olvidará nunca la madrugada del 6 de mayo de 1989. Entonces tenía 19 años recién cumplidos y salió, con cuatro amigos, a despedir a uno de ellos que se iba a la mili. «Si me dejaran volver atrás sabiendo lo que sé ahora -dice- las cosas serían distintas». Pero no hay vuelta. Esa noche había niebla y, reconoce, demasiadas copas. Ella iba dormida en el asiento de atrás cuando el Audi 80 que la llevaba se empotró contra el muro de una cantera. Se despertó en el hospital, donde empezó a asimilar poco a poco lo que le había pasado. «Te cortan de golpe tu vida», asegura. Trabaja como administrativa en Carballo, pero para volver a la normalidad le llevó su tiempo. Sólo en el hospital se dejó siete meses aprendiendo a vivir otra vez. Lo logró, y se enfrenta a la vida con un desbordante sentido del humor que, reconoce, no todos tienen después de despertar un día, y para siempre, en una silla de ruedas. También con sentido del humor se lo toma el cormelán Ramón Pombo Castro. Él se pasó cuatro meses en el Juan Canalejo adaptándose a la silla. Lo hizo sin deprimirse, algo que no logra todo el mundo: «Hai que pasar pola unidade de lesionados medulares do hospital para ver aquelo», cuenta. Su silla de ruedas también surgió de una combinación de noche y copas. Fue en la madrugada del 6 al 7 de julio de 1998. Entonces tenía 18 años y se fue de marcha con los amigos a Ponteceso. Allí le pidió el vespino a un compañero para darse una vuelta y en la moto montaron dos: «Estabamos ben bebidos e fómonos na moto de outro». Y así, de noche, enfilaron la sinuosa carretera que une O Roncudo y Corme. Él conducía. No llevaban casco. En una curva se salieron de la calzada cuando regresaban a Ponteceso. A su amigo no le pasó nada. Él acabó con dos vértebras rotas. «Por moi bo carácter que teñas, os teus baixóns non chos quita ninguén», admite. La culpa la tuvo, coinciden ambos, la juventud. «Siempre piensas que estas cosas le pasan al de al lado», dice Isabel. «Todo o mundo pensa que non lle vai pasar, pero se xogas, ao final a alguén lle toca», relata Ramón. Él juega al baloncesto en un equipo de minusválidos en Vigo. Allí trabaja en el Centro Tecnolóxico de Automoción de Galicia, de programador. Como Isabel, de vez en cuando echa la vista atrás: «A veces penso naquel día, pero hai que ir para diante». Muchos no lo logran.