El eclipse

LOIS BLANCO

GALICIA

APRENDIMOS esta semana que no se podía observar el eclipse con la radiografía de algún dolor que todos tenemos guardada por cajones de casa sin saber para qué.

08 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Ni con gafas de sol, ni a través de folios usados. Con puntualidad galáctica, la luna se cruzó entre nosotros y el sol. Un anillo espectacular. Pero tanto o más lo fueron las sombras que provocó aquí abajo. Las siluetas de los edificios sobre las calles se deformaron. Las personas no nos reconocíamos en nuestras sombras. Jamás lo volveremos a disfrutar. No nos toca. Después de muchos años de no tocar, la semana del eclipse coincidió con el principio de la despedida formal de Fraga de la primera línea de la política. Como le ocurrió a Pujol con Cataluña o le sucede todavía a Chaves con Andalucía, Fraga ha sido sinónimo de Galicia durante quince años. Millares de gallegos le odiaron por diversas razones, pero por cuatro veces fueron más los que le votaron. Por deseo de las urnas, su sombra se expandió por Galicia. Hubo etapas en que su partido gozó de un poder como si Fraga fuese Mazinger Z con gaita. Un eclipse total. A finales de los noventa, el PP gobernaba a la vez en la Xunta, las cuatro diputaciones, las ciudades de Vigo, Ourense, Pontevedra, Lugo y Ferrol. Además de en otros trescientos municipios, algunos tan importantes como Ames, Porriño, Monforte o Viveiro. Mientras, en Madrid, Aznar regía los destinos del Estado con apoyos puntuales de los luego denostados nacionalismos catalán y vasco. Fraga ha comenzado a irse después de reivindicarse en las elecciones de junio -sus 37 diputados suponen la mayoría menos uno del Parlamento- como el personaje que ha protagonizado, hasta el momento, el capítulo más grueso de la historia de la autonomía. Es imposible evaluar el coste de oportunidad que tuvo para el PP rechazar la alternativa de presentar a otro candidato en junio. De suceder a Fraga antes de enfrentarlo con 81 años y salud delicada a la cuarta reválida. Les faltó valor para hacerlo y frialdad. Sobre todo a Rajoy, pues sólo él disponía de la autoridad para sugerir a quien fundó el partido que no debía de volver a presentarse. Alejados de la Xunta y, por tanto, en la soledad de quien abandona el poder detentado durante muchos años, el PP abrió dos días después del eclipse el proceso de la sucesión. No sólo se trata de sustituir a un político excepcional, sino a una especie de rey que ha perdido su reino, y que los dominios que le quedan los presiente amenazados. Gane quien gane el congreso del PP de enero, un año después, en la noche electoral de las municipales, deberá presentarse ante la TVG para asumir la pérdida de alcaldías de ciudades como la de Ourense, de la diputación de Pontevedra, además de la de A Coruña, y de otros cuarenta ayuntamientos. Porque a día de hoy casi nada permite pensar que el declive del PP en Galicia haya tocado fondo. Al contrario, semeja que está al inicio de un ciclo en el que pintan bastos, salvo que a Touriño y Quintana les entren las fiebres, y los codazos que se pegan se conviertan en navajazos. Feijoo o Barreiro van a heredar un partido cuya sombra sobre Galicia ya ni reconocen. Las posibilidades de cualquiera de ellos, o de otro, de cambiar el signo del declive electoral de la derecha antes de las municipales del 2007 son tan remotas como las de Zapatero de salir airoso del parchís de las naciones que ha patentado. El menos probable de los ganadores, aunque no el peor, Veiga, aseguró hace unos días que dimitiría de la presidencia si en las municipales el PP perdiese más poder. Implícitamente, ha fijado una sucesión a doble vuelta, que muchos temen que así ocurra. El congreso de voto delegado elige un sucesor, pero, a partir de la noche electoral de las municipales, empiezan a segarle los pies. Al primer heredero del fraguismo puede depararle tan ingrato destino como al primero del felipismo, Joaquín Almunia.