El nuevo Príncipe de Mónaco, entronizado ayer rodeado de sus hermanas, quiere crear un paraíso ecológico, deportivo y cultural en el que «dinero y virtud deben conjugarse»
12 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Sólo la pamela negra de Carolina recordó ayer los tres meses de luto oficial por la muerte de Rainiero. Mónaco se vistió de rojo y blanco, los colores nacionales, para proclamar a su nuevo príncipe en una fiesta únicamente autorizada para nacionales. La Roca del Mediterráneo se prepara ahora para la Perestroika que ya ha anunciado su nuevo soberano, quien, intrépido como su tatarabuelo, se pondrá al frente de una expedición científica a la Antártida. Alberto cambió su traje oscuro de calle por el de príncipe gobernante tras recibir arrodillado la bendición del arzobispo en la catedral, tal y como es preceptivo en este Estado confesional. Por primera vez desde los funerales de Rainiero, los tres hermanos Grimaldi aparecieron juntos y sonrientes ante los fotógrafos, aunque Carolina no pudo evitar derramar alguna lagrimita. Fue Estefanía, chaqueta blanca y vestido de tirantes estampado en flores rosas, la que apretó primero la mano del nuevo príncipe. Éste asió a su vez la de su hermana mayor, sentada junto a su marido Ernesto de Hanover. Fue la primera imagen de unidad en este día especial planteado como «una especie de comunión con el pueblo monegasco». Los seis mil ciudadanos del principado acudieron por la tarde en familia a la plaza del palacio para la ceremonia oficial de entrega de las llaves de la ciudad a este príncipe sin cetro ni corona. También estuvieron presentes Estefanía, con traje pantalón blanco y top naranja, y Carolina, falda vaporosa y blusa cruda sin mangas, que mantuvo a su hija pequeña en el colo mientras se sucedían los discursos. El de Alberto fue toda una declaración de principios dentro de la «continuidad que no significa inmovilismo». Quiere el príncipe un país modelo, paraíso ecológico, deportivo y cultural y sobre todo ético: «Dinero y virtud deben conjugarse» con una «extrema vigilancia» para evitar «actividades no deseadas», trabajando de forma conjunta con los organismos financieros internacionales. Invitó a los científicos del mundo a que se animen a investigar en Mónaco y él mismo pondrá su granito de arena al progreso de la humanidad desplazándose al Polo Sur para evaluar los efectos del cambio climático. Aunque ya gobernaba desde que su padre ingresó en el hospital, Alberto ha esperado este momento para tomar el poder. Los ministros consejeros de Rainiero tienen de plazo hasta hoy para presentar su dimisión. Les sustituirán hombres de su propio equipo, jóvenes y afines a sus ideales. Pero Alberto, a sus 47 años, se presentó sin pareja entre tanta familia a la ceremonia en la que también recibió dos regalos: un cuadro y una escultura de Georges Braque, comprados por suscripción popular. Dos días antes reconocía: «Me he complacido con este celibato prolongado que me da una cierta libertad pero, pueden estar seguros, me casaré». De momento, no hay candidata oficial y sí un hijo ilegítimo reconocido, aunque la víspera de su entronización dio a entender que podría tener alguno más. Después, toda la familia bajó a pie hasta el lujoso puerto deportivo para participar con monegascos y residentes en un baile seguido de fuegos artificiales, la fiesta con la que culminaron las celebraciones. Jefes de Estado y realeza tendrán que esperar hasta el 19 de noviembre para festejar su advenimiento. Chirac ha tomado la iniciativa y le ha invitado ya a visitar París oficialmente el 9 de septiembre.