Emigrar sin salir de casa

Agustín Bottinelli

GALICIA

Una vivienda de la Patagonia se levanta justo sobre la línea de la frontera que separa dos países. Su moradora, de 85 años, come en Chile y sale al patio en Argentina

04 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Esta historia tiene una protagonista: Doña Etelvina Bahamondez, una mujer chilena cuya casa queda en dos países. La vivienda está en Chile y el patio en Argentina. El hito fronterizo que marca el límite entre los dos estados le quedó a pocos metros de la puerta de su cocina. La propiedad se encuentra en la zona sur de la Cordillera de los Andes, en el paso El León, en el tramo inferior de El Manso, un caudaloso río que va a desembocar en el Pacífico luego de transportar, en el verano, a centenares de turistas que practican rafting. Ella prefiere que la llamen Etel y se pone coqueta cuando se le pregunta su edad, pues enseguida aclara que es «señorita». Después de ensayar una risita nerviosa suelta una carcajada mientras reconoce que tiene 85 años. Etel vive de una pensión a la ancianidad y de dar algunos servicios a los turistas que vienen a bajar el río entre noviembre y febrero. La casona tiene por lo menos 75 años y es una verdadera reliquia de la arquitectura cordillerana. Totalmente construida en madera de ciprés, cuenta con tres plantas, la última a modo de ático. Toda la estructura está recubierta de tejuelas del mismo material, desbastadas a hacha. Mojón En el patio trasero está el hito, que es el culpable de esta curiosa anécdota geográfica. La torreta colocada hace 25 años está fija en una base de cemento y su estructura de hierro pintada de rojo es visible de lejos. En la punta, una placa metálica señala de un lado «Argentina», y «Chile», del opuesto. El mojón lleva el número VIII-4 y a pocos centenares de metros se ven el VIII-5. Y entre el bosque de una empinada ladera sobresale la placa superior del VIII-6. Con esas referencias materiales es fácil imaginar la línea divisoria, aunque en el camino de piedra no haya señal alguna de que se ha pasado a otro país. Hasta 20 euros diarios le reporta a Etelvina en los meses de verano la actividad de los turistas. Un chiringuito con bocadillos que ella prepara y bebidas, complementa el negocio. La anciana apenas se asoma a la puerta en estos fríos meses de invierno, pero en el interior de la antigua casa se mueve con comodidad y en la cocina mantiene siempre un fuego encendido. Esa casona albergó no hace mucho a toda la familia Bahamondez. «Eramos once», cuenta Etelvina que, sin utilizar gafas, hila a mano la lana y teje medias para todos. Se ilumina con velas y lámpara de gas, jamás se acuesta antes de las diez de la noche y ahora se entretiene con la llegada de los periodistas. La abuela convida a sus invitados con sopaipilla (tortas fritas) y chorizos hervidos para el once, un refrigerio matinal típicamente chileno. Con un gesto de complicidad pícara, Etelvina ofrece jamones caseros y hasta medias de lana tejidas por ella «a buen precio». En la Patagonia argentino-chilena, en el sur del mundo, en medio de bosques vírgenes, lagos azules, montañas con nieves eternas, queda esta historia de cuento que Etelvina Bahamondez protagoniza yendo de su casa chilena a su patio argentino.