«Cuando Bush ora a Dios, Dios se tapa los oídos»

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GALICIA

PACO RODRÍGUEZ

Porteño con raíces en Combarro, ha encontrado en su familia la paz que no halla en el mundo; pero no tira la toalla: «Hay que desarmar la conciencia armada»

29 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace 25 años, el Rey de Suecia le entregó a Adolfo Pérez Esquivel (Buenos Aires, 1931) el Nobel de la Paz, pero los misiles siguen volando. Este porteño de raíces gallegas no cree que el premio le haya cambiado la vida, pero sí que le ha servido como instrumento «al servicio de los pueblos»: «Antes del premio decía lo mismo que digo ahora, pero la diferencia es que nadie me escuchaba». -Un pacifista ¿nunca ha tenido ganas de darle una bofetada a alguien? -Sí, pero mire: En principio, yo no soy de esos pacifistas neutros, soy un hombre que lucha por la paz, que trabajo en los conflictos para tratar de resolverlos. Lo que sí tengo claro es que, si a una violencia yo le opongo otra violencia, lo que tengo son dos violencias, pero desde luego no la solución del problema. Lo peor que puede hacer uno es eludir el conflicto, hay que derribar el muro. -¿Ya lo han hecho a usted persona non grata en Estados Unidos? -Mire, yo he asumido muchas cosas en mi vida. Le he mandado una carta a Bush. En la carta le dije que, cuando Bush ora a Dios, Dios se tapa los oídos. -¿Y le ha contestado? -No, pero no importa. Lo importante es que el pueblo de Estados Unidos la lea. Si los pueblos se paralizan por el miedo, son pueblos que van a ser dominados. En Estados Unidos ya no hay democracia, hay una «democradura», como dice Eduardo Galiano. Nosotros peleamos para desarmar la conciencia armada. -¿De niño ya era pacifista o se liaba a tortas? -Sí, sí, salíamos del colegio y nos peleábamos, había una calle para eso. Después que nos peleábamos, nos amigábamos. -¿Ve? Del conflicto también puede salir la solución... -Claro, siempre tiene que salir. Yo me peleaba, es un aprendizaje de la vida. Uno se forma en la cultura de la violencia. Hay estudios que dicen que un niño de tres o cuatro años, hasta que es adulto, ve por televisión más de 40.000 escenas de violencia. Los padres agarran al nene, lo ponen frente al televisor y a ver los dibujitos. ¡Analizá uno de esos dibujitos, es violento a más no poder! -Pero a ese niño igual le pasa como a usted, que vio tortas y aprendió todo lo contrario... -Lo vas aprendiendo por otro lado. En mi época no había televisión, pero en la calle se veían cosas terribles. Vengo de una familia muy pobre. Mi padre era un emigrante gallego, de Combarro. Tuvo que trabajar y luchar allá y no salió de pobre. -¿Era un hombre duro? -Como todos los gallegos que se iban para allá. -¿Le dio algún sopapo? -Más de uno, y no sólo tortas, patadas. Es esa formación con la que pensamos que, a golpes, se hacen los hombres. Fue un aprendizaje duro, pero uno fue tomando conciencia del mundo en que vivía, del mundo que compartía. Con los franciscanos descubrí el sentido de la participación, lo de trabajar con sectores tan pobres como uno. -¿Siempre son los pobres los que desarrollan la conciencia solidaria? A los ricos no les da por ahí... -Hay algunas excepciones, pero son muy pocos. Para el rico, los valores sólo son económicos, no sociales. -¿Cómo desconecta de esa misión interminable de buscar la paz? -En mi casa, que es una casa muy normal. Voy a cumplir cincuenta años de casado. En casa nos reunimos los domingos todos los hijos y los nietos y compartimos. Y cocino yo. -¿Algo gallego? -De todo, conejos, asados, pescado a la gallega, paellas... Me defiendo y me divierte muchísimo.