EN TODA buena película de aventuras hay una secuencia con un secundario que le descubre al protagonista que su destino está escrito.
21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Porque a la gente corriente nos gusta fabular con que nuestro futuro figura grabado en algún sitio, y que el día menos pensado nos convertiremos en héroes o en Darth Vader. Soñar libera por igual a ricos que a pobres. Si el destino político de Mariano Rajoy estuviera escrito, el guión conocido hasta ahora barrunta un final al estilo tragedia griega. Rajoy y Fraga vuelven a encontrarse juntos en Galicia ante el vértigo de perder la Xunta, igual que les ocurrió en 1987. Ahora tienen los papeles cambiados. Rajoy ya no es el vicepresidente del Gobierno de Albor, sino que ocupa el puesto que entonces era de Fraga, la presidencia nacional del PP. En aquella ocasión acabaron malparados. El socialista Laxe, el presidente efímero de la historia autonómica, tomó el poder con una moción de censura. Dieciocho años después, Fraga y Rajoy coinciden en primera línea ante el precipicio de unas elecciones gallegas con las encuestas por vez primera en contra. Coinciden a pesar de que sólo caracteriza a ambos haber sido opositores brillantes y candidatos made in Galicia a la Moncloa, porque en todo lo demás son radicalmente distintos. Incluso uno es lampiño y el otro barbudo. La barba de Rajoy tiene razón de ser en el municipio del que es nativo su rival gallego más peligroso, Pepe Blanco. Una tarde de 1979, el Seat del entonces registrador de la propiedad con plaza en Villafranca (León) se salió de la Nacional 547 y fue a parar a una cuneta de Palas de Rei. El cirujano Zaera de la Vega le cosió los cortes de la cara en una camilla del hospital de Lugo, pero el pontevedrés se dejó desde entonces crecer la barba para disimular las cicatrices, las cuales un cuarto de siglo después casi son imperceptibles. Aquel joven accidentado en la carretera que une Lugo con Santiago tardó sólo dos años en meterse en política y abandonar una profesión que le aburría. El disgusto en su casa paterna fue evidente: «Mariano, tú tienes una profesión y eso de la política...», le increpó su padre con la voz autoritaria de quien preside la Audiencia Provincial. A pesar de ser un joven barbudo, se metió en Alianza Popular cuando todos estaban a la sombra de UCD, pero le salió bien. Por eso, aunque parezca imposible, Rajoy ya estuvo en la Xunta antes que Fraga. En la primera legislatura (el 19 de junio se va a elegir a los diputados de la séptima), consiguió acta parlamentaria y ejerció de director xeral apadrinado por Barreiro Rivas. Saltó a presidir la Diputación de Pontevedra, pero se quemó tan pronto en las batallas de la derecha autóctona que en 1986 trató de pasarse a la política nacional. Intento fallido, porque Fraga lo nombró bombero en Raxoi, vicepresidente del Gobierno de Albor, ante la espantada en el centro derecha gallego que desataría la única moción de censura que ha tenido éxito por aquí. Aquella crisis cambió los papeles del pontevedrés y del vilalbés. Sólo dos años después, éste ya no era presidente nacional del PP y aquél ya se mecía en el regazo de Aznar. Rajoy fue investido por Fraga vicepresidente de la Xunta para evitar lo inevitable. Cuatro lustros después, vuelven a encontrarse ante una situación crítica después de que el político pontevedrés sucumbiese ante la petición de Fraga de optar a una quinta mayoría absoluta. Si el destino de ambos estuviera escrito como en las películas de aventuras, el guión predice que el 19 de junio se cerrará el círculo y nada volverá a ser como antes. Porque Rajoy no parece que pueda perder también en su tierra natal contra Zapatero y mantenerse firme en la dirección del PP. Porque Fraga no podrá volver a empezar desde cero. Pero el futuro no está escrito en ningún sitio. Ni siquiera el de un 19 de junio que predice un cambio de ciclo de la política en Galicia, porque las encuestas son como los frutales; en los que todas las flores no llegan a convertirse en frutos.