Hacía 1.825 días que no ponían un pie en la calle. Doce monjas de clausura salieron unas horas de su encierro en Viterbo para coger un avión en Roma, pero no pudieron ver al Papa
28 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Lunes, 25 de abril. Diez de la mañana en Roma (también en España). -Ah, de Viterbo. Y habrán venido a Roma para asistir a la entronización del Papa. -No, señor, nosotras no pudimos ir a verlo. Nosotras no vamos a ningún sitio. Somos monjas de clausura. Ahorita es la primera vez que salimos de nuestro convento en los últimos cinco años. Todos los caminos llevan a Roma. Para ser más exactos, al aeropuerto romano de Fiumicino. También el de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, hábito blanco, crucifijo oro al cuello, zapato negro y toca del mismo color, que siguen los preceptos marcados por la fundadora de la orden, la beata María Magdalena de la Encarnación. Ellas, que eligieron el camino de la fe y optaron por recluirse en un convento en Isquia di Canto, Viterbo, a la vista de ningún mortal, «sólo de Dios», realizaron el lunes su primera salida extramuros en 1.825 días. En una de las cafeterías del aeropuerto, después de dejar las maletas sobre la cinta de carga de equipajes -«llevamos ropa y cositas así», precisan- aguardan su turno para embarcar. Luego, una furgoneta las llevará directas a un monasterio en Huelva, «a seguir ayudando» con su trabajo y sus oraciones. Y en Huelva pasarán, de nuevo intramuros, el tiempo que les ordene la madre superiora. «No sabemos hasta cuándo. Estamos para obedecer». Marta, 37 años, nacida en Jalisco, Guadalajara, México, me hace a duras penas una foto junto a Aurora y a Margarita. «Usted comprenderá que no estoy acostumbrada a hacerlas», ríe. Estos días, el aeropuerto romano se ha transformado más que nunca en la catedral de los aeropuertos, y no sólo por el número de personas en tránsito. Muchas lucen alzacuellos y tocas. Pero no es nada corriente encontrarse con los hábitos de unas monjas de clausura, ni aquí ni en cualquier otro lugar del mundo, explican ellas mismas. Marta y sus compañeras son una excepción. Mientras hacen tiempo tomando bocadillos y café con leche, contemplando los escaparates de las tiendas del aeropuerto, cuentan cómo transcurren sus jornadas: «Nos dedicamos a la oración y al trabajo. También estudiamos italiano. Hacemos dulces deliciosos, no es porque los hagamos nosotras, y bonitos bordados. Los vendemos a través de unas rejas en el monasterio, porque hemos hecho votos perpetuos de clausura y no se nos puede ver. Lo de hoy, estar aquí a la vista de todo el mundo, es extraordinario, es una excepción obligada», puntualizan. Y lo hacen justo un día después del inicio del pontificado de Benedicto XVI que, «con la ayuda de Dios, será un buen Papa». Está claro que no están acostumbradas a hacer fotos, ni a que se las hagan, aunque posan sin ningún problema. «Ya no me acuerdo cuándo la fue la última. Sí puedo decirle que es la primera vez en mi vida que me hacen una entrevista», explica Aurora. La menor de las monjas de clausura que viaja a Huelva tiene 18 años, aunque su presencia es extraordinaria entre lo extraordinario: «Ya casi no hay vocaciones. En México sí que las hay, pero en España no. Eso pasa porque en su país hace falta más conocimiento, más cercanía a Dios», critica Marta, que desde 1998 no ve a ninguno de sus familiares. «Sí, me da un poco de pena, pero eso se compensa con que lo hago por el Señor. Es a lo que he decidido dedicar mi vida y no me arrepiento de nada. No sé si usted lo puede comprender». Marta me dice que ahora tienen prisa. O sea, que dé por concluida la entrevista. Antes, una de sus compañeras pregunta si habrá algún medio de poder obtener las fotos que les acabo de hacer. -Me dan su dirección y yo se las envío. -Si pudiera ser por Internet... Apunte nuestro «e-mail».