Juan Pablo II deja un legado de exigencia moral y espiritual en una Iglesia reformada para afrontar los retos del nuevo mundo.
03 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Juan Pablo II pasará a la historia por muchas razones. Por ser el primer Papa de un país del Este de Europa y el primero no italiano en casi quinientos años; por ser el autor de la obra más prolija, que incluye, entre otros muchos documentos, catorce encíclicas y diez constituciones apostólicas, algunas de tanta trascendencia como las que promulgan el nuevo Código de Derecho Canónico y el nuevo Catecismo o las que reforman la curia romana y el cónclave; y, evidentemente, por ser el que más viajes ha acometido (superan el centenar), el único que ha visitado países de los cinco continentes y, en consecuencia, el que más kilómetros ha recorrido. Karol Wojtyla fue, pese a sus querencias místicas, un hombre de su tiempo, un hijo del siglo XX. Nacido en los primeros años del periodo de entreguerra, fue testigo directo de la ocupación nazi, de la II Guerra Mundial, del ascenso y caída del comunismo; participante activo en el Concilio Vaticano II y protagonista principal de su desarrollo. Y, sobre todo, en la primera institución mundial de la historia ha sido el primer Papa global. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca (...) Dios nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia», escribe Juan Pablo II en su encíclica Don y misterio. Unas citas bíblicas que reflejan el sentido profundo de su doctrina teológica, sustentada en un determinismo teocrático que, desde su perspectiva, quizás le ayudara a explicar su singular forma de acceder al trono de San Pedro, el 16 de octubre de 1978. Tan sólo cincuenta días después de que fuera elegido el sucesor de Pablo VI, el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, quien habría de morir prematuramente el 28 de septiembre. Si el cónclave cardenalicio había roto moldes con la elección del entonces arzobispo de Cracovia, el primer Papa polaco de la historia se encargaría de imprimir un estilo completamente novedoso a su pontificado. No cabe duda de que ha sido el Papa más popular, al que sólo se le puede comparar, si acaso, Juan XXIII. Ambos compartieron el afán por humanizar su cargo, por saltarse las paredes del Vaticano para acercarse a los fieles. Pero lo que en Angelo Giuseppe Roncalli era pura espontaneidad, expresión de su carácter latino, en Wojtyla era una actitud mucho más meditada, propia de un experto en relaciones públicas. «Juan Pablo II es ante todo un líder popular, mejor diríamos populista, porque maneja con habilidad psicológica a las masas», llegó a decir el teólogo español Miret Magdalena. Una habilidad que adquirió probablemente en su juvenil amor al teatro, que nunca dejó de cultivar, bien como actor bien como autor. Un carisma que no dudó en utilizar, ya fuera dejándose filmar mientras se bañaba en su piscina de Castelgandolfo ya fuera grabando discos o codeándose con los ídolos del pop, para convertirse en un líder mediático en una época precisamente en la que los medios de comunicación establecen la realidad y la amplifican hasta el último confín del mundo. Populismo mediático Las contradictorias facetas de una personalidad poliédrica forjada en el infortunio Un populismo mediático que aparentemente casa muy mal con el espiritualismo, casi místico, que impregna toda su obra escrita. Pero no es sino una más de las contradictorias facetas de una personalidad poliédrica. Una forma de ser forjada en el infortunio que fueron su infancia y su juventud. Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, una localidad del sur de Polonia. Fue el segundo hijo del matrimonio formado por un suboficial del ejército y una institutriz. Sus penas comenzaron con la muerte de su madre cuando el futuro Papa aún no había cumplido los nueve años. Tan sólo tres años después moría su hermano, a causa de una infección de escarlatina que le había contagiado un paciente del hospital en el que trabajaba desde que había obtenido el título de medicina, dos años antes. Su padre se vio obligado a trabajar como sastre para sacar adelante a su hijo, al que educó con severidad y al que inculcó su amor al teatro, la gran pasión juvenil de Karol Wojtyla. De la que se derivó, asimismo, su profunda devoción por el idioma polaco, en un primer momento, y por las lenguas en general con posterioridad. Así, cuando concluyó el bachillerato dominaba con soltura el latín y el griego. Pero lo peor estaba aún por llegar. En 1938, se matricula en la Facultad de Filosofía de Jagellón, en Cracovia. En un momento vital de gran fertilidad (en un año escribe varios poemarios, un drama, colabora con publicaciones locales y asociaciones literarias, además de participar en una escuela de arte dramático), se ve sacudido por la invasión nazi de Polonia. Poco después, el 18 de febrero de 1941, muere su padre. Con veinte años se queda huérfano y solo, en un país deprimido por la ocupación de las tropas alemanas. Son años duros, en los que, para evitar la deportación y para asegurarse la manutención, se ve obligado a trabajar en la cantera del centro químico de Solvay. Son años difíciles, pero también decisivos. En ellos se forja definitivamente su personalidad y su vocación sacerdotal. No es de extrañar que, ante tal cúmulo de adversidades, el joven Wojtyla se refugie en sí mismo y encuentre un cobijo confortable en una espiritualidad exacerbada. Especialmente a partir del otoño de 1942, cuando ingresa en el seminario de Cracovia y en la Facultad de Teología, que operaban en la más absoluta clandestinidad, hasta el punto de que ni los más allegados podían estar al tanto de sus actividades, para evitar el riesgo, cierto, de ser capturado y ejecutado por los nazis. En los últimos meses de la guerra, vive con otros jóvenes seminaristas en la residencia del arzobispo. En esta decisión, y en su propio carácter, influyó de forma capital un sastre llamado Jan Tyranowski. «No sé si es a él a quien debo mi vocación sacerdotal, pero, en todo caso, nació dentro de su clima, el clima del misterio de la vida sobrenatural», reconocería años después el propio Wojtyla. Jan, como lo conocían sus discípulos, ejercía de tutor espiritual de un grupo de jóvenes, a los que recibía individualmente para repasar meticulosamente con cada uno su actividad religiosa de la semana anterior. En su encíclica autobiográfica Don y misterio, Juan Pablo II reconoce que Tyranowski le había enseñado «los métodos elementales de autoafirmación, que se vieron después confirmados y desarrollados en el proceso educativo del seminario». Su influencia fue especialmente decisoria por cuanto fue quien le dio a conocer los escritos de San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, cuyas obras no sólo le sirvieron para aprender castellano sino, sobre todo, le consolaron en una época de desgracias personales y sentaron definitivamente las bases de su pensamiento teológico. Hasta el punto de que sólo la intervención del arzobispo Sapieha impidió que Wojtyla acabara en un monasterio de los Carmelitas Descalzos. En todo caso, le abrieron un camino que le llevó hasta su compatriota Alberto Chmielowski, a quien Juan Pablo II definió como el Francisco de Asís del siglo XX y otra de sus referencias fundamentales. Hijo de nobles, Chmielowski se inició en la pintura, ingresó en la Compañía de Jesús, que tuvo que abandondar debido a su mala salud, y, tras una profunda crisis personal, rompió con su pasado y dedicó el resto de su vida, hasta que murió de cáncer en la Navidad de 1916, al trabajo con los desheredados. Para ello, constituyó la congregración de los Hermanos de la Orden Tercera de San Francisco, denominados Siervos de los Pobres o Albertinos, y posteriormente la orden femenina. «Para mí, su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio», dice Juan Pablo II de fray Alberto, a quien canonizaría en noviembre de 1989. Nazismo y comunismo Conoció desde dentro losdos sistemas totalitariosque marcaron el siglo XX El pensamiento de Wojtyla queda forjado con la interiorización de estos ejemplos espirituales en combinación con sus experiencias personales en los duros años de la ocupación nazi y de la posguerra, en una Europa dividida, que conoció de primera mano en sus diversos viajes durante su estancia en Roma, donde se ordenó sacerdote el 1 de noviembre de 1946. El choque que percibe entre la pureza de la espiritualidad interior y las miserias sociales de los años 40, en un continente enfrentado, que sustituye aceleradamente lo sagrado por lo profano, explica en buena medida los contrastes de su pontificado, en unos casos avanzado, y en otros, fácilmente clasificable de retrógrado. «He podido conocer, por decirlo así, desde dentro, los dos sistemas totalitarios que han marcado trágicamente nuestro siglo: el nazismo de una parte, con los horrores de la guerra y de los campos de concentración, y el comunismo, de otra, con su régimen de opresión y de terror. Es fácil comprender mi sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida (...) Es fácil entender también mi preocupación por la familia y por la juventud: todo esto ha crecido en mí de forma orgánica gracias a aquellas dramáticas experiencias», escribe Juan Pablo II en Don y misterio. Esta sensibilidad por lo social, y muy particularmente por el mundo del trabajo, que él había vivido unos años en la fábrica de sosa cáustica de Solvay, efluye especialmente en la que probablemente sea su encíclica más avanzada, la Laborem exercens. En ella, se fija en la persona y el trabajo como fundamento espiritual y material de la sociedad. Pero lo más destacable son dos aspectos que rompen la tradición de la Iglesia en este terrreno: el primero, que no se presenta como un sistema cerrado ni dogmático, sino como una serie de principios que han de servir de guía, no de imposición, a los católicos; y, segundo, que estos enunciados generales han de ser aplicados en función de las circunstancias sociales, políticas y culturales de cada época. Se aprecia aquí el influjo del método fenomenológico, que ha recorrido buena parte del pensamiento del siglo XX y del que el propio Juan Pablo II se reconoció heredero en más de una ocasión, junto con la filosofía de Aristóteles y Tomás de Aquino. se escondía un hombre de una honda formación intelectual y, más específicamente, filosófica y filológica (dominaba seis idiomas), pero también estaba al tanto de todos los movimientos artísticos del siglo XX. Una preparación que había obtenido a base de un enorme esfuerzo y grandes sacrificios personales, derivada de una autoexigencia que probablemente trató de hacer extensible a los demás, sin un asomo de indulgencia para las debilidades humanas, a las que él hizo frente encerrándose en su vocación espiritual y sacerdotal. Por eso, su visión de la persona, y por extensión su pensamiento antropológico, es radicalmente espartano. De entrada, para los sacerdotes, a quienes recordó que «en contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva, se comprende también la especial conveniencia del celibato». Y aún más: «¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio». Pero no es sólo una advertencia a los sacerdotes. También a los creyentes de a pie. «Participando en el sacrificio eucarístico ?dice en su encíclica Don y Misterio?, los fieles se convierten en testigos de Cristo crucificado y resucitado, comprometiéndose a vivir su triple misión ?sacerdotal, profética y real? de la que están investidos desde el bautismo». La dimensión moral del ser humano es detallada en varia de las encíclicas publicadas por Juan Pablo II (la Redemptor hominis, centrada en la redención de Cristo; la Sollicitudo rei socialis, en la que desarrolla el pensamiento expuesto por Pablo VI en su Populorum progressio, la Veritatis splendor y la Fides et ratio). En todas ellas subyace un doble denominador común: su animadversión a cualquier tipo de ideología, no ya a cualquier totalitarismo sino también a las tendencias liberales o socialiberales imperantes hoy en el mundo, que no comulgue expresamente con lo que él consideraba la verdad incuestionable de la fe en Cristo; y, en segundo lugar, su visión determinista de la libertad humana, en tanto que la entendía no como libre albedrío, como la autonomía personal para decidir el propio destino, sino como la capacidad humana de comportarse de acuerdo con una verdad moral superior, la revelada por Dios según la interpretación del ministerio papal. Nuevamente se da la dualidad que marca todo su pensamiento. Esta visión trascendental del ser humano conlleva la idea de que los derechos de la persona no son algo que se pueda conceder, que emanen de la legislación positiva o de cualquier entidad política, sino que son consustanciales al individuo desde el mismo momento de su nacimiento (o, más coherentemente con su doctrina, desde el instante de la gestación), por lo que nada ni nadie puede arrebatárselos. El círculo se cierra antes de abrirse, porque el ser humano, libre por naturaleza, se ve inmediatamente sometido al designio divino en forma de normas eclesiásticas. Seres trascendentales Frente a la cultura actual que sólo valida la ciencia, apuesta claramente por la religión Juan Pablo II sentó así los principios para un desarrollo progresista de la doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, su rigidez moral truncaría esas posibilidades y acabaría transitando por caminos excesivamente conservadores, lo que se manifestó con mayor evidencia en el giro de su pensamiento a partir del atentado que sufrió en 1981 a manos del turco Alí Agca. Contradiciendo flagrantemente sus raíces aristotélicas, consideraba la búsqueda de la libertad a través de la razón (esa corriente de pensamiento cuyo tronco nace con la Ilustración y se despliega en diversas ramas hasta nuestros días) como el origen de todos los males de la sociedad contemporánea. Esas perversiones son el consumismo desmedido, la sacralización de la técnica y la pérdida de valores del ser humano, al que ve desarraigado y alienado a causa de la pérdida de la fe en Dios. «La situación de la cultura actual, dominada por los métodos y por la forma de pensar propia de las ciencias naturales, y fuertemente influenciada por las corrientes filosóficas que proclaman la validez exclusiva del principio de verificación empírica, tiende a dejar en silencio la dimensión trascendente del hombre, y por eso, lógicamente, a omitir o negar la cuestión de Dios y de la revelación cristiana», dijo en una reunión con teólogos en la Universidad de Salamanca durante su primer viaje a España, en noviembre de 1982. En esta coyuntura, no es de extrañar que reaccionara dedicando el mayor de sus empeños a impulsar lo que definió como la nueva evangelización. Sus referencias en este sentido fueron una constante en todos sus discursos y en toda su obra escrita. El primer objetivo fue Europa. Su contribución a la caída del comunismo en los países del Este es incuestionable. Algunos de los episodios más oscuros de su pontificado ?como la pista búlgara del atentado de 1981, o los turbios manejos que emergieron con el escándalo del banco Ambrosiano, del que era accionista el banco del Vaticano? están relacionados con este combate. Y, una vez derribado el muro de Berlín en toda su extensión, su siguiente paso fue el de recuperar la unidad europea en torno al cristianismo. La perseverancia de la Iglesia en intentar que la futura Constitución de la UE recoja en su texto los orígenes católicos de la cultura europea son sólo un botón de muestra. «Europa, sé tu misma», había dicho en 1982 en la catedral de Santiago, el fin de las tierras cristianas en el medioevo. Y en la misma línea hay que entender la gran mayoría del centenar de viajes que ha realizado a lo largo de todo el planeta durante sus veintiséis años de pontificado. Allí donde fue, fuera cual fuera el régimen político, su mensaje apenas varió: críticas a todos los poderes terrenales, vindicación del espacio que necesita la Iglesia católica, llamamiento a las masas a recuperar la fe y luchar por extenderla. Una batalla en la que no precisaba mediadores. Los partidos democristianos, que habían sido el brazo político de Pablo VI, ya no le eran útiles ni necesarios a Juan Pablo II. Los peones de la nueva evangelización habrían de ser los sacerdotes, cada uno de los cuales, escribió, «está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e incansable evangelizador; hoy, frente a las tareas inmensas de la nueva evangelización, se ve aún más esta urgencia». Para avanzar en su estrategia no dudó en tocar a rebato y poner prietas las filas en el seno de la Iglesia católica. Acabó de un plumazo con la disidencia interna. El prefecto de la Congregración para la Doctrina de la Fe, el cardenal alemán Joseph Ratzinger, fue el encargado de poner fin a los discursos díscolos, como los del teólogo también germano Hans Kung, el dominico Jacques Pohier, la teología de la liberación o las iglesias de base latinoamericanas. En cambio, fue más indulgente con el desvarío integrista del francés Lefèvre y sus seguidores. En paralelo, el poder del Vaticano ha aumentado notablemente durante el pontificado de Juan Pablo II en detrimento de las Iglesias locales. El centralismo se ha visto acentuado con el reforzamiento del poder de la curia romana y, en especial, de la secretaría de Estado. Los sectores críticos que aún persisten en el seno de la Iglesia católica denuncian que la burocracia vaticana se ha hecho con el control y ha usurpado la mayoría de las funciones que competen al colegio de obispos. Y esta tendencia centrípeta ha originado un reflujo doctrinario de corte conservador. Petición de perdón El reconocimiento de los errores de la Iglesia no animaron a una sociedad secularizada Tampoco tuvo reparo Juan Pablo II en pedir perdón, de forma muy diplomática, por algunos de los pasados errores de la Iglesia, como los excesos de la Inquisición, la persecución de que habían sido objeto los judíos a lo largo de la historia, o en rehabilitar, siglos después, a un científico hoy admirado e indiscutido como es Galileo Galilei. Sin embargo, sus intentos de acercamiento a otras confesiones religiosas fueron más bien tibios, y en casi todos los casos infructuosos. Porque difícilmente se puede dialogar desde una postura previa de preeminencia y porque algunos de los postulados básicos de la doctrina emanada del Vaticano en los últimos veinticinco años son de imposible asunción por parte de otras creencias. E incluso para los propios católicos, en una sociedad completamente secularizada, pese a los esfuerzos de Wojtyla. Y es que la nueva evangelización sólo ha tenido un relativo éxito en algunos países africanos y asiáticos, los únicos en los que ha aumentado el número de fieles, ya que han caído en el resto de los continentes. La inflexible oposición papal al sacerdocio de las mujeres, al reconocimiento de cualquier forma familiar que no sea la tradicional, a la contracepción, la experimentación con embriones, la reproducción asistida, la homosexualidad, el divorcio..., así como su exigencia a rajatabla del celibato sacerdotal son posturas difícilmente asimilables por la mayoría en la sociedad actual. En este sentido, hay que incluir en el haber de Juan Pablo II el desarrollo de los principios teológicos establecidos en el Concilio Vaticano II, con sus encíclicas, pero sobre todo con la publicación, en 1992, del nuevo Catecismo y con la reforma del Código de Derecho Canónico. Pero lo cierto es que, en buena medida, ese desarrollo ha sido hecho por la vía conservadora. Que se acentuaría, según algunos expertos, con la elaboración del Catecismo Universal de la Iglesia católica, que Juan Pablo II había impulsado en los últimos tiempos y que, con la redacción del cardenal alemán Ratzinger, pretendía completar el catecismo publicado en 1992 y sentar las bases definitivas para la Iglesia del nuevo milenio. Consciente de las críticas de los sectores eclesiásticos más progresistas, en su encíclica Don y Misterio, el Papa explicaba su opción: «Si estamos inmersos con nuestro hoy humano y sacerdotal en el hoy de Cristo, no hay peligro de quedarse en el ayer, retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En el hoy divino-humano y sacerdotal se supera de raíz toda oposición ?antes tan discutida? entre el tradicionalismo y el progresismo». Es decir, la versión eclesiástica del fin de las ideologías. El teólogo Joaquín Perea, presidente de la asociación Iglesia Viva, que agrupa a sectores críticos de la Iglesia hispana, resume la actitud de Juan Pablo II con las siguientes palabras: «La nueva evangelización se caracteriza por dos orientaciones principales: evangelizar a través del poder, según el espíritu del Opus Dei, y mediante los nuevos movimientos eclesiales, de gran exigencia en cuanto a la espiritualidad personal, pero poco inclinados a integrar la dimensión social. Las comunidades de base han sido desautorizadas, marginadas y anuladas (...) Así pues, el proyecto de evangelización es modernizador en la forma, pero conservador en el fondo». Juan Pablo II ha dejado tras de sí una vasta obra doctrinal y teológica, una Iglesia católica reformada y más cohesionada, más optimista que la que se encontró cuando accedió al trono de Pedro, y sobre todo con un nuevo espíritu. Ha dejado una impronta indeleble en la institución católica. Es aún pronto para evaluar su herencia, pero más difícil es todavía analizar una obra con tantas facetas. En cualquier caso, su sucesor asumirá un reto verdaderamente complicado: dejarse ver por encima de la alargada sombra del hombre y sacerdote que ha marcado el tránsito de la Iglesia hacia la era de la globalización.