Un indulto caído del cielo

La Voz

GALICIA

NORBERTO

El mundo a los cuatro vientos Un preso de la cárcel de León fue liberado ayer por la cofradía del Santo Cristo del Perdón siguiendo una joven tradición que comenzó en 1998

22 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Alfredo Rejado no sabe la heroína que se ha metido en el cuerpo, pero tiene bien presente que entró en la cárcel por 300 gramos. Ayer salió libre con la túnica de la cofradía del Santo Cristo del Perdón. Comer bien, hacer deporte y buscar plaza en un centro de reinserción para volver a empezar son, por ese orden, las prioridades de la vida que se imagina al otro lado de los muros del centro penitenciario de Mansilla de las Mulas, en León. El indulto de Alfredo rompió la monotonía en el pabellón ocho. Este riojano de 37 años firmó en enero una petición para acogerse a la medida de gracia avalado por la junta de tratamiento del centro penitenciario y por la cofradía del Santo Cristo del Perdón. Desde entonces, el tiempo ha transcurrido lento. «Primero me dijeron que tenía el 80% de posibilidades de que me indultaran y el jueves pasado que las posibilidades eran del 99,9%». «¡Qué sea enhorabuena!», le felicitaron ayer tras hacerse oficial el indulto ante el Locus Appellationis. Promesa Alfredo inicia hoy una difícil prueba, cumplir su promesa de no regresar. Tal vez le sirva la experiencia de quienes han salido por delante de él desde 1998 y han conseguido rehacer su vida, emprender nuevos proyectos y sostener sus familias. Ayer, cuando franqueó las seis puertas automáticas que separan el módulo terapéutico de la calle dejó atrás 41 meses y medio de monotonía y encierro (otros diez los cumplió en San Sebastián como preventivo entre 1998-99). La idea de la libertad le rondaba desde hacía dos meses, ha superado la prueba del Consejo de Ministros, con la firma del presidente Zapatero y sus ministros y tardó en creérselo. A él la oportunidad le llega con cuatro años de adelanto, que es el tiempo que le faltaba para cumplir la totalidad de la condena, de nueve años. «Para mí es una inyección de moral, una forma de decirme que puedo seguir adelante», reconoce. Alfredo no sabe por qué lo propusieron a él. Parece claro que su trayectoria algo ha tenido que ver. Para empezar, cuando ingresó en prisión en septiembre del 2001 entró por la puerta «como un campeón» y desenganchado. Se presentó en Comisaría antes de que le fueran a buscar a Ponferrada, al centro Reto donde trabajaba. «Dejé las drogas porque no me quedaba otra, ya no podía más. Estuve diez años y llegué a pesar 30 kilos», relata. Todavía hoy su salud está resentida y tiene que seguir un tratamiento para recuperase de una hepatitis que es difícil de sacarse del cuerpo. Camello «Esa vida no es vida para nadie, te enganchas y estás perdido», apostilla al recordar aquellos años en los que unas dosis de heroína le convirtieron en un vendedor más de la cadena, en un camello. Los primeros meses en la prisión fueron «difíciles», no se adaptaba. Luego empezó a hacer cursos y vio que podía tirar un poco más. «Aquí, si te comes la cabeza estás perdido», explica; así que empezó por usar las manos. Aprendió a coger aguja y dedal en un curso de costura en el que participaban hombres y mujeres. Por dejar de pensar, también se apuntó a cursos de albañilería y de ofimática, aparte de trabajar en los talleres productivos del centro penitenciario. Cuando Alfredo salga de la cárcel, otro interno pasará a ocupar su celda individual en el pabellón 8. El módulo terapéutico tiene 65 penados, uno por celda, y se distingue del resto en que los internos tienen que cumplir un programa basado en el orden y en la adquisición de hábitos de convivencia. Tal vez por ello es el módulo que da la cara más «dulce» de la prisión.