Dormir a ratos, trabajar sin horario fijo y estar expuesto a los peligros de un medio hostil... Así transcurre una jornada de pesca en el volantero «San Román».
19 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Todo barco tiene su propia rutina. Y la del San Román , un volantero de Burela, arranca todos los lunes, al minuto escaso de haber mudado el calendario el rojo dominical por el color tristón de los días laborables. Es entonces cuando los siete tripulantes del pesquero comienzan una singladura por distintos puntos del Cantábrico que no concluirá hasta el viernes, ¡bendito obligatorio descanso semanal!? Aún no se han perdido de vista las luces del puerto de Burela y el único que permanece insomne es el patrón. Hijo y sobrino de patrones, José Manuel no pudo escapar a un destino marcado, una ventura que sí esquivó su hermano -«que deixou o mar e colleu unha carnicería»- y que no quiere para ninguno de sus dos hijos: «Éche unha vida de solitarios, sempre o mesmo, vendo as mesmas caras...» José Manuel despista a Morfeo con ayuda de la radio. Da paseos por el puente y charla con otros compañeros de fatiga que buscan un lugar donde extender sus redes. El patrón del San Román lo ha encontrado frente a Cariño; probará suerte 30 millas al oeste de Burela.? A las cinco comienza la faena. Una sirena de canto estridente resuena en el camarotes incapaz de desperezar a los seis marineros hasta un segundo intento. Y vence ayudada por un grito del patrón que retumba en la segunda cubierta, donde duermen. Paco, el cocinero, se pone a los fogones. El resto se reparte: dos lanzan desde el puente las boyas de señalización del aparejo y tres en popa van largando la volanta, metros y metros de red, casi cuatro millas de trampa mortal para casi 600 kilos de merluza, 161 de caballa, 68 de chicharro y un único y despistado abadejo. A las 6.20, la gran barrera de seis kilómetros y medio está lista. ¿Imprescindible el madrugón? Sí. «Os peixes pola noite están quietos e empezan a moverse coa luz do día, por iso hai que arrear o aparello tan cedo», explica René, un marinero de 27 años que desertó del duro Gran Sol cuando nació su pequeño.? Ha concluido la parte fácil del trabajo. Paco espera en la cocina con una mesa repleta de chuletas, chorizo frito, queso, membrillo pan y jamón. Es el desayuno. ¿O la cena? No sabría decirlo. Los marineros dicen «mañana» para hablar de un futuro que está a sólo cuatro horas. Será su despertar a un nuevo día tras reenganchar el sueño interrumpido poco tiempo atrás. Para el patrón ha terminado su lucha contra la modorra. Cae rendido en el catre mientras duermen todos menos uno, que velará por que ningún otro barco amenace la deriva que ha iniciado el pesquero.?A las 10.30 comienza la parte más dura de la jornada laboral: la recogida del aparejo. Utilizan la volanta, un arte «moi cocho». Víctor, gallego de Cabo Verde, maneja la maquinilla que empieza a recoger la red. Paco y Herminio se afanan en liberar las capturas del traidor y mortal abrazo de la volanta. René limpia y clasifica el pescado, mientras Narciso y Carlos preparan el aparejo para el lance del día siguiente. Durante las ocho horas siguientes estará activa la cadena, que sólo se interrumpirá una hora para comer. ¿De menú? No, no hay pescado, sino costillas de la carnicería del hermano de José Manuel.?