Armando Betancourt Armando Betancourt, su mujer y sus dos hijos llegaron a Cee en octubre del año 2000 procedentes de Venezuela, y lo hicieron con la convicción de quedarse.
13 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Carúpano es un pueblo pequeño, de unos 25.000 habitantes, a ocho horas de Caracas. Allí nació Armando Betancourt, venezolano y descendiente de canarios y franceses. Allí hay también un hotel fundado, cómo no, por emigrantes gallegos. Un matrimonio que salió en los 50 de la Costa da Morte en busca de mejor suerte. Él de O Pindo, ella de Cee. Allí tuvieron una hija, María Coromoto Mayo Sande, y allí María conoció y se acabó casando con Armando Betancourt. En 1997 vinieron a Galicia por vez primera a conocer la tierra de sus antepasados. Dice Armando que le encantó y, según las cosas se fueron poniendo difíciles en su país, la pareja fue madurando la idea de emigrar. Así, en octubre del 2000 aterrizaron en Santiago con sus dos hijos, Armando David y Santiago Manuel, para establecerse en un sitio tranquilo. «Al principio -cuenta- fue duro. Aquel invierno llovió mucho, y no estábamos acostumbrados a ese clima». En su pueblo difícilmente bajan de 30 grados. Pero se aclimataron. A Armando le encanta el frío y dice que su mujer bromea con que es él quien ya parece gallego. «Si en Galicia hubiera trabajo sería el paraíso», asegura. Y tiene claro que no piensa marcharse, que echa de menos familia y amigos que quedaron allá, pero no vuelve: «Ves a tus hijos creciendo bien y te compensa». Los niños y el padre, pese a no padecer morriña, visten la camiseta vinotinta de la selección de Venezuela. Los amores futbolísticos se los reparten en la familia entre Barça y Dépor, pero la sangre tira más en este tema. Los tres motivos que lo llevaron a abandonar su país los tiene muy claros: buscaba educación, seguridad y un sistema de salud pública que funcionase («anota que en el hospital de Cee son unos grandes profesionales», pide). Cuenta que cuando alguien iba al hospital en Venezuela a curarse una herida, antes tenía que pasar por la farmacia a comprarse aguja e hilo para que lo cosiera un médico, y que eso aquí no pasa, todo lo contrario. En Venezuela trabajó como jefe de producción de una empresa de seguros. Su mujer es arquitecto. Dice que allí ganaban bastante dinero, pero ni así: «Sólo llegaba para pagar el colegio privado y la comunidad de la urbanización, con la seguridad privada y todas esas cosas». Aquí el dinero les rinde, explica, mucho más. Lo malo es el empleo. Probó suerte durante un año y medio en Canarias, pero la experiencia no le gustó nada: «Allí no hay el mismo calor humano que en Galicia»; así que lo que quiere es no moverse más del noroeste peninsular, salvo en vacaciones. Asegura que los gallegos no son racistas, porque es un pueblo de emigrantes, y que en Galicia, a diferencia de su país, la palabra todavía tiene valor: «Vas a la tienda y te dicen que ya les pagarás otro día», comenta incrédulo. Ahora tramita sus papeles y asegura disfrutar muchísimo degustando cocidos y empanadas, convencido de que ha encontrado el lugar en el que quiere vivir.