El coruñés Xosé Tarrío, uno de los gallegos que más tiempo pasó en prisión durante la democracia, falleció el día 3 tras varios meses en la UCI
03 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.El día 3 se murió Xosé Tarrío, un auténtico mito en un mundo oculto, casi clandestino y alejado de los medios de comunicación. Tarrío, coruñés, pasó más tiempo en la cárcel que fuera de ella. Cuando su corazón se paró, tenía 37 años. El próximo día 16, sus cenizas serán esparcidas en algún lugar de la Costa da Morte y, probablemente, acudirán miembros de colectivos libertarios de toda España, para los que Tarrío se había convertido en una leyenda de la resistencia contra el sistema. Tarrío entró en la cárcel recién estrenada la mayoría de edad. Tras varios encontronazos juveniles con el delito, fue condenado a dos años por robar un coche. Entonces no sabía que iba a pasar las siguientes dos décadas de su vida entre rejas con el breve paréntesis de la única fuga que logró consumar y que apenas le alejó de prisión durante un par de días. La ruina se la buscó una tarde de febrero de 1989. El patio de la cárcel, una riña, un pincho y un interno muerto. Desde entonces, Tarrío conoció de primera mano el régimen FIES, un sistema carcelario para aislar a los presos más rebeldes, más violentos. Y en ese régimen de aislamiento, ya desaparecido, pasó la mayor parte de su estancia en prisión, que es tanto como decir de su propia vida. No hubo una cárcel de la que no intentara fugarse, no hubo un motín en el que no estuviera presente, no hubo ni una sola falta sin condena judicial. Al final, sumaba cerca de cien años. Durante su experiencia en prisión escribió un libro, Huye hombre, huye (Editorial Virus) que se convirtió en todo un best-seller entre los colectivos antisistema y en una reveladora experiencia de la cárcel vivida desde dentro. Su caso mereció la atención de algunos abogados progresistas que finalmente consiguieron que su condena fuera refundida en 20 años y, en mayo de 2003, salió a la calle. Sin permisos previos, prácticamente del aislamiento al mundo exterior. Su leyenda y el notable carisma que transmitía sin esfuerzo le llevaron a dar conferencias en ateneos libertarios de Valencia, Barcelona y otros puntos de España. Pero algo fue mal. Quizás el mundo que Tarrío imaginó en su celda, entre los libros de Bakunin y las cartas de la gente que le quería y luchaba por él resultó ser otro distinto. Y Tarrío, que nunca se había amilanado ante los castigos, las amenazas o lo que él creía injusticias en su larga experiencia carcelaria, se vio superado por la verdadera realidad. Volvió a abrazarse a las drogas, de las que había renegado en prisión, y una mala mañana de noviembre, la policía lo detuvo sentado en un banco después de atracar un comercio. Ni siquiera llevaba medio año en libertad. Su muerte tampoco ha resultado ajena a la polémica. La familia ha denunciado al hospital al considerar que el mal diagnóstico (infarto cerebral) precipitó su fallecimiento. Aunque ya, qué más da. Tarrío, El Che -como le llamaban en la cárcel-, se liberó al fin de sus cadenas.