La guerra en su país lo desplazó a la hospitalaria Gambia, desde donde viajó hasta Galicia como polizón consentido. Aquí se ha casado con una ferrolana.
10 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Jhon Sarr tiene la mirada inocente y la sonrisa fácil, un fluido verbo castellano y la bondad reflejada en un rostro de muchacho sanote con historial de adulto. Su bagaje personal es similar al de muchos africanos que, horrorizados por los sangrientos conflictos armados que tiñen de rojo violento sus famélicos países, se zambullen en la incertidumbre del otro lado del Atlántico en busca de un lugar bajo un sol menos agresivo. Huyendo de las balas, el hambre, la miseria y la barbarie abandonó su Sierra Leona natal -último en el escalafón de países en desarrollo- con toda su familia, padres y cuatro hermanos, hasta la vecina y hospitalaria Gambia, donde hubo que aprestarse en el difícil arte de adaptarse a una nueva etapa vital. Pero el joven Jhon quería conocer mundo y comenzó a darle vueltas a la idea de probar fortuna en tierras europeas. Había oído hablar de Inglaterra, de Alemania, de Francia y de otros lugares que no atrajeron su atención, aunque sí el nombre de un país, España, que, por lo que le habían contado marineros y manufactureros de pescado, caló en su subconsciente hasta hacérsele familiar. Y se propuso conocerlo. Un buen día convenció al patrón de un pesquero con base en A Coruña para que lo ayudase a cruzar el océano con rumbo a ese lugar cuyo nombre rondaba en su cabeza. Con diecisiete años, embarcó como polizón consentido e hizo la dura travesía, en generosa compañía, hasta la ciudad de la Torre de Hércules, donde vive desde hace un lustro. No pudo desembarcar hasta dos meses después, los que duró la estancia del buque, que limpió y pintó en pago por su sustento. Solo, sin apoyo ni conocidos, ignorante del entorno y del idioma y con 30.000 pesetas que le había dado el capitán, al casi todavía niño le pesaba el gran sombrero celeste que coronaba su cabeza y al que dirigía la mirada en busca del recuerdo de los suyos. -¿Qué se siente en momentos así? -Soledad y un gran vacío. Fueron mis peores momentos aquí. Lo pasé mal. Todo sufrimiento tiene su recompensa, y él la encontró en un mauritano casado en A Coruña, así como en la Cruz Roja y en el Ayuntamiento. Aquél lo aconsejó y lo acogió en su casa, la institución benéfica lo orientó y lo acompañó en los trámites legales hasta que obtuvo, tres meses más tarde, el asilo político solicitado, y, finalmente, el organismo municipal le proporcionó el oficio de pintor. Con tales herramientas, Jhon Sarr inició una nueva vida en el país de sus sueños.