En los 25 kilómetros de tobogán que separan La Faba (León) de Triascastela, el peregrino tiene tres puestos de masaje, antídoto puro contra la tendinitis a golpe de manos y maña
20 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Las cuestas que separan El Bierzo y Galicia, con rampas de hasta un 7% de desnivel en subida y bajada, no son aptas para pulmones quemados por malos humos ni para piernas de oficinista. El primero de los casos tiene difícil solución; para el segundo se precisan buenas manos. Por esa dureza no extraña que entre La Faba, uno de los últimos pueblos de León, y Triacastela, en apenas 25 kilómetros de Camino francés, haya tres masajistas dispuestos a mitigar pinchazos con sus recetas de aceites, dedos y mucho tacto. Marcel, un alemán asentado en La Faba, Nuria Agüera y Carlos Parga, ambos coruñeses, son esos tres milagreros. «Nueva, me has dejado nueva, parece que no me quedan otros 150 kilómetros», le dice Rosa, una peregrina vitoriana, a Nuria tras encontrar alivio a sus piernas. Si cada día llegan a Galicia más de 200 ruteros, parece que hay negocio para todos. Pero la lluvia y el viento les ha restado clientela. Nuria ha atendido en poco más de un mes a unos 80 peregrinos, menos de lo que esperaba cuando decidió sacrificar sus vacaciones junto a la playa para sumarse al pelotón de O Cebreiro, donde instaló su camilla. «Antes sólo venían hombres, pero ahora también llegan mujeres, y yo lo agradezco porque son más fáciles de tratar», bromea, tal vez recordando a varios italianos de talla armario que le pidieron un masaje de cuerpo completo. No sabía por dónde empezar. Ella, como Marcel y Carlos, sólo cobra la voluntad, aunque haya peregrinos que la entiendan de forma peculiar: unos franceses le dejaron una miseria, 1,5 euros, después de una hora reparadora.