Aunque dice la tradición que el responsable del milagro de Santa María la Real llegó hasta el templo por su pie en un día intempestivo, ayer con sol se accedió a O Cebreiro un ratito caminando, otro pedaleando, uno más cabalgando... También en coche y moto.
15 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.No en vela o piragua porque, a falta de travase, ni el Valcarce ni el Navia alcanzan el pueblo prerromano. Y se juntó de todo: peregrinos, muchos, decenas; bicigrinos, varios; coches, un motón, hasta doscientos se contaban ayer a mediodía; alguna moto; y mucho jinete, por un día. Por si fuera pocos se sumaron una comunión, un bautizo y una excursión de murcianos a la hora de la siesta. Un cálculo aproximado permitiría deducir que a hora punta eso no era un metro, era una romería en el día de la Ascensión; que los peregrinos se contaban por muchas decenas y los curiosos y visitantes ocasionales por cientos. Sería el sol, aunque es lo que se espera de un domingo de agosto en la puerta del Camino. Más de un millar de personas se reunieron en el pueblo a la hora del vino; salían de una capilla casi abarrotada. Tanto visitante a motor llegó que se registraron atascos en el pueblo para entrar y salir, algo digno de filmar en un lugar con 16 vecinos, dos decenas de casas y una calle principal. «Canta xente, canta xente...», se repetía en los bares. El abarrote le costó a una mujer un disgusto en forma de lipotimia. Entre todos esos visitantes que no buscan la Compostela destacaba el club Cabaleiros do Cebreiro, que no son templarios ni romeros, pero sí jinetes. Centraron la atención con una veintena de caballos, bellos ejemplares de los que antes abundaban por Os Ancares, como recordaba José Manuel Pérez Chao, uno de los responsables de la asociación que pretende recuperar el uso de esos animales. «É a primeira vez que o facemos, pero temos previsto realizar máis», agregaba. Venían los jinetes de Pedrafita, As Nogais y Triacastela. El encuentro salió redondo después de pasear y pasearse los cabaleiros por el pueblo. En el suelo de pizarra de O Cebreiro sonaban más los cascos herrados -unos ochenta en total- que el golpe seco de los bastones y piolets de los peregrinos. Y por un día también se escucharó más alto el relinchar de un equino con ganas de desfogue que las conjeturas de un turista mesetario sobre el origen y utilidad de las pallozas.