TRÁFICO Y VIDA | O |
06 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.PARECE EVIDENTE que estamos ante un tratamiento diferente de la inseguridad del tráfico, permanentemente envuelto en temores y zozobras por razón de tantos accidentes, tantos como para que al cabo de cada año se cuenten en las carreteras españolas hasta seis mil personas muertas, decenas de millares de personas heridas -parte de ellas afectadas por lesiones incapacitantes para la quehaceres ordinarios-, amén de costes patrimoniales que se traducen finalmente en cifras apabullantes. Este tratamiento nuevo tiene su raíz en el compromiso institucional de hallar la colaboración de organizaciones y entidades que están de alguna forma relacionadas con el mundo de la automoción, «de manera que cualquier iniciativa que haya de adoptarse tenga previamente el máximo apoyo de la sociedad», por cuanto que «la seguridad vial debe ser ante todo responsabilidad de todas las administraciones públicas, pero también de toda la sociedad». Y es que, desde una perspectiva tan lamentable como inaceptable, resulta que a la cordura de la gran mayoría de usuarios del tráfico se opone una minoría de conductores, aquellos a los que R. Piret agrupaba bajo el denominador de «chronic violators», conductores displicentes, egoístas, agresivos por frustración que vierten su ira usando el automóvil al margen de todo tipo de norma. No extrañen entonces los planes de actuación, básicamente preventivos, que consisten en la atención precisa de factores de riesgo tan significativos como las velocidades excesivas, la conducción afectada por la ingestión de sustancias nocivas y el uso del cinturón de seguridad o de los cascos de protección. Tal vez por eso, en un tiempo que es propicio a la complicación, la cifras de la accidentalidad apuntan a la baja y, por tanto, al buen camino.