Un cuento de chinos

La Voz

GALICIA

CARMELA QUEIJEIRO

ANESTESIA para las conciencias. Lo del Wisteria no es lo que parece. Ningún capitán coreano ordenó a su tripulación china clavar cuatro tablas y tirarlas al océano con cuatro senegaleses, pobres y negros, detrás. El armador japonés que fletó el atunero, retenido un mes en Ribeira, no abanderó el buque en Panamá por conveniencia, sino para participar con sus impuestos en el desarrollo del país centroamericano. Solidaridad globalizada. Esas historias de que en el puerto de Dakar -lugar de partida de la travesía del Wisteria- cientos de jóvenes buscan trabajo por horas en empresas de reparación de barcos para colarse en sus bodegas y partir hacia una vida nueva, o hacia el final de la vida, son una leyenda. En el puerto de Senegal los africanos gozan de unos trabajos estables, bien remunerados y con viajes todo incluido a Disneylandia para el empleado del mes. La nota manuscrita en inglés que el telegrafista del Wisteria le entregó al práctico cuando llegaron a puerto gallego -«Cuatro hombres fueron arrojados al mar por el capitán el 23 de mayo», escribió aunque se jugaba empleo y futuro- es un montaje. Un cuento de chinos. Una venganza urdida por la tripulación china, telegrafista incluido, contra la oficialidad coreana, con el capitán a la cabeza. Estaban hartos del cuscús en el menú. Si el capitán, que esta semana recuperó su pasaporte, su libertad, y se dio el piro con los otros imputados en un delito de homicidio archivado, hubiera dejado a cuatro senegaleses sobre unas tablas frente a Mauritania o el Sáhara -las confesiones de la tripulación ante el juez no lo precisan-, todo hubiera sido distinto. Habría una plataforma ad hoc. Bono enviaría al Ejército para inmovilizar el barco. El Fraga post-aznar reivindicaría las competencias de Justicia para enviar a los criminales a la cárcel. Touriño constituiría un comité de expertos progresistas. Quintana alertaría de que la culpa es del PP por dejar a Nogueira sin escaño. El Rey invocaría al Apóstol el 25 de julio para que, al menos, uno de los cuatro polizones empujados al océano desde el Wisteria supiese nadar. Nada de esto ha pasado. Cuatro pobres negros no agitan las conciencias blancas.