Dormir en las tiendas instaladas por el ejército es un reto que sólo aceptan los peregrinos que no tienen más remedio. En realidad, es sólo una lona levantada sobre hierba y piedras
26 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.INCOMODIDAD. Eguzkine, Arturo y Manolo se acostaron de madrugada para acortar el tiempo de su reposo en las tiendas Las cuatro tiendas militares que el ejército instaló en O Cebreiro son sólo lonas de camuflaje montadas sobre el terreno. Sin base que amortigüe el sueño, ni plástico aislante siquiera. Dormir en ellas es un reto que sólo afrontan los que inician ruta, los que llegan tarde al albergue o los periodistas que pretenden escribir una crónica sobre el particular. En suma, los que no tienen más remedio. Puestos a ello, no hace falta ser un scout para saber que se impone una revisión del terreno. Primera tienda. Firme: más piedras que hierba. Tojos en una esquina y hasta alguna bosteira. Un brasileño y un inglés han dejado sus mochilas. Seguramente no inspeccionaron con cautela. En la segunda, el piso es pura hierba; un poco crecidita, pero todo verde. La tercera y la cuarta no me convencen. Mitad hierba, mitad tierra y piedras, espolvoreadas de tiritas y clínex. No hay duda: la segunda es la perfecta. Otras tres personas tuvieron la misma idea. Llegaron a O Cebreiro por la tarde y ya no había literas libres en el albergue. Quedaba suelo de baldosa, pero prefirieron la hierba. Elegido el lugar, sólo falta prepararlo a conciencia. Un par de esterillas, otro de mantas y un saco parecen suficiente. Y una linterna. Hay peregrinos que creen que hay luz y literas. Pues no. Tampoco baño ni ducha. Se comparten los del albergue. Después de improvisar el colchón, se impone una cena. Sin prisas, para acortar la estancia en la tienda. Lo bueno que tiene el sistema es que no hay toque de queda. En el albergue sí, a las 23 horas cierran las puertas. El regreso requiere cautela. Para no despertar a los compañeros. Pero la tienda aún está vacía. Ellos también aprovechan. Con la linterna minera diviso sobre mi saco un insecto cualquiera. Desalojo: sin problemas. Le suceden una araña peluda y dos mosquitos. Esos sí que meten miedo. Cierro el saco hasta la nuca y me duermo. El suelo no está tan duro como parece. Entra aire por el respiradero de la parte inferior de la lona de la tienda. No importa. Tengo sueño. Cerca de las tres de la madrugada regresan mis colegas. Han estado catando el orujo gallego y aún tienen ganas de juerga. Me despiertan risas y luces. Los tres amigos se presentan. Manolo Sebastián es de Calatayud. Allí regresará de mañana, porque no le queda más tiempo. Conoció a los otros dos en Molinaseca y esta noche se ha despedido de ellos. De ahí viene tanta fiesta. Los otros son Arturo de Castro y Eguzkine Uribesalgo. Él es madrileño. Ella, se sobreentiende. Después de muchas carcajadas y dos ronquidos que no prosperan, la tienda se queda en silencio. A las 6.30 el amanecer nos sorprende. Mucho preparar el terreno, pero se había quedado una cortinilla abierta. Medio en sueños intuyo que Manolo hace las maletas. El descanso en la tienda no le convence. Arturo y Eguzkine también se despiertan. En el orujo debe de estar el secreto. Yo tengo la espalda rota y ellos no saben por qué la gente se queja. Al abrir la tienda ya ha amanecido en O Cebreiro. De frente se ven las montañas y al fondo el pueblo. Sólo por las vistas, merece la pena.