Apretones al pie del Camino

Rocío García Martínez
Rocío García ENVIADA ESPECIAL

GALICIA

Por mucha espiritualidad que lo rodee, el peregrino también tiene necesidades terrenales. Cubrirlas puede ser una odisea si el afectado es pudoroso y no encuentra matorral que lo motive. La mayoría alivia dónde haga falta, pero salvo excéntricos e iluminados, el resto prefiere la taza convencional y el rollo de papel higiénico. Por eso en los pueblos del Camino no se hacen sólo altos gastronómicos, religiosos o culturales. También hay paradas técnicas de denominación eufemística y finalidad mayormente escatológica. En O Cebreiro, esta clase de altos tienen más que mosqueados a los hosteleros. Los peregrinos que se alojan en el pueblo no dan problemas. Esos tienen su albergue o su hospedería para atajar las necesidades. Pero los que vienen de paso, no. Cuentan los sufridos hosteleros que no hay día que pare un autocar a la entrada del pueblo que no se divise la procesión de rigor. La comitiva no va a Santa María la Real, el mítico santuario que alberga el Santo Grial gallego. Es de carácter profano y termina a las puertas del aseo. A los hosteleros no les molesta. «Para eso están», dicen. Les inquieta el desparpajo de los turistas que ni siquiera disimulan pidiendo un café para cuatro y, sobre todo, la actitud de los que «por riba de non consumir, nin se molestan en dar as gracias». Los apretones de los peregrinos tienen muchos inconvenientes. Los hosteleros tienen que limpiar los baños varias veces al día y reponer el papel continuamente. «Hai veces que un fardo de 24 rollos só nos dura dous días», explica una afectada. Los turistas, a veces, aprovechan la visita para otros menesteres y, para desgracia de los hosteleros, los más comunes son reponer sus propias provisiones de celuloide y rellenar botellas de agua. Doble pérdida para el gremio. El problema tiene solución, pero se presenta confusa. En O Cebreiro hay baños públicos casi sin estrenar. Se construyeron en 1999 y desde entonces crían telarañas. Tienen aseos, duchas y un revestimiento de camuflaje con losas de piedra. Pero la Xunta y el Concello de Pedrafita no acaban de ponerse de acuerdo en su gestión. La idea es abrirlos a mediados de mes, pero primero hay que decidir quién va a pagar a la persona que los atienda.