«Tienen que poner un burro taxi», propone un romero de Pontedeume en el ascenso a O Cebreiro, el tramo más duro de la ruta
21 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El periodista pasa del dicho al trecho. Toca caminar, el asalto al Angliru del Camino, los 8,3 kilómetros de subida que separan Las Herrerías de O Cebreiro. El canto de los pájaros y el murmullo del río reciben a pie de puerto. Un herrero hace honor al nombre del pueblo y completa la bucólica estampa. Me cruzo con un peregrino que viene en sentido contrario. Mi urbanita «buenos días» me delata como infiltrado de la ruta, pues es contestado por el tradicional «buen camino» que se desean los peregrinos. Marcho solo. Primer repecho. Es de asfalto. Pica, pica. El Camino se bifurca: ciclistas, a la derecha; caminantes, a la izquierda. Tomo rumbo ZP. O Cebreiro está seis kilómetros más cerca del cielo. Empieza lo malo. Piso tierra y procuro evitar las piedras, que actúan de freno. Vaya muro. Allá al fondo hay alguien. Dos alemanas exhaustas. Las paso. En la siguiente curva descansan tres francesas, que supero. El primer «Dioooos» Exclamo mi primer «Diooos» de la jornada. Cómo tira. Me pasan dos españoles. No puede ser: ellos llegaron a Herrerías con 20 kilómetros en los gemelos; el menda, en taxi. Así que tomo la rueda del segundo. «Afloja», le pide éste a su compañero. Se llama Jose y es de Pontedeume. Tiene tendinitis en un tobillo y viaja sin mochila, que ha enviado en un vehículo, «porque no es cuestión de acabar en el hospital». Le cuento que el miércoles llegó a O Cebreiro un peregrino que propuso que la Xunta instalase una telesilla en esta subida. «O un burro taxi, lo que sea», aporta Jose. Una tapa de alcantarilla anuncia la inminente llegada a la civilización. Alcanzamos La Faba. Hasta luego, José. Aquí descanso. «¿Ti pelegrino? Nooooo. ¿De pueblo, verdad? ¿Más adelante qué hay?», me pregunta un italiano guapo. Va tan ciego que no sabe que le espera O Cebreiro. Sigue la flecha amarilla. Yo sigo la flecha roja, que lleva a un bar. Dos naranjadas y un cigarrito después, reemprendo la marcha. Llevo 53 minutos de caminata y 40 de descanso. Así cualquiera. Quedan 4,7 kilómetros. Paso a dos alemanas exhaustas. Después, a tres francesas. No es un déjà vu: son las de antes, las pobres. Cae el sol a plomo en el monte pelado y me siento como Armstrong subiendo el Mont Ventoux. Pletórico. Hasta me recreo en el paisaje. Voy con la boca cerrada, como Indurain, para que no me entren moscas. Adelanto a dos francesas. «¿Queda mucho?», pregunto. Esto es lo que les entiendo: «Pobo cu». Si, no cu do mundo queda o pobo. Más civilización: La Laguna. El corazón se acelera: un perro me ladra en la oreja izquierda y salgo corriendo. Ufff: está atado. Pillo al italiano guapo, que está aliviando la vejiga. Voy como una flecha. Y tanto, pues ni veo la amarilla que indica la senda para caminantes, y acabo compartiendo asfalto con los ciclistas. Dos kilómetros quedan. Parecen diez. Caen el segundo y el tercer «Diooos» de la jornada. Alcanzo O Cebreiro tras 140 minutos de caminata y 40 de descanso. Un cuarto de hora después, recibo con una caña en la mano a Il Bello. Me repongo con unas berzas en el Mesón de Antón. Comparto barra con Dacil Medina. Tinerfeña, 35 años, preciosas canicas: «Tanto que dicen de la cuesta ésta, y nada. Yo me estaba reservando y, de repente, llegué a O Cebreiro». Será que se ha entrenado en el Teide.