Emigraron de su país para labrarse un futuro en Italia, pero un contrato con membrete gallego los alojó en la hospitalaria villa coruñesa
01 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Si la angustia fuese dinero, el matrimonio Hornos-Prota sería multimillonario. Recién llegado de la otrora Suiza de América , vive en permanente estado de ansiedad a causa de la injusticia de una sociedad que no acaba de encontrar la fórmula para amamantar a todos sus hijos. Jimena Prota apenas ha cumplido 20 años y ya es madre de un niño de dos, cuyo padre, con 25, se gobierna como experto patriarca. Son jóvenes, tenían que estar en la universidad, pero la vida los trata como licenciados. Salieron de Uruguay con el firme propósito de evitar que la miseria, la inseguridad y la incertidumbre clavasen sus garras en la tierna infancia del pequeño Gianfranco. «De no ser por nuestro hijo, probablemente no habríamos emigrado», afirman, pese a la depauperada economía y al desconfiado ambiente social imperantes en su país. Italia, de donde proceden los ascendientes de Jimena, les pareció un buen destino y en él depositaron sus esperanzas; pero la burocracia dilató los trámites, los permisos de trabajo y de residencia, mientras los bolsillos se encogían y los estómagos exigían su tributo diario. Pasaron casi dos meses de temores y necesidades, apenas aliviadas con los escasos euros obtenidos por Martín con clases de bailes de salón y un generoso apoyo familiar que a duras penas cubría las demandas de tres bocas y sus respectivas circunstancias. Bendito contrato Al borde del abismo, se cumplió el creyente adagio según el cual Dios aprieta, pero no ahoga . El matrimonio recibió una bendición en forma de contrato procedente de Cedeira, a uno de cuyos bares se vino a trabajar Martín por espacio de casi dos meses del verano pasado. Las cosas llevaban camino de encauzarse, de modo que Jimena y su hijo siguieron los pasos del cabeza de familia. Sin embargo, como al Pedro Navaja de Rubén Blades, los clavos parecían caerles del cielo, aunque los Hornos-Prota no nacieron para martillos. Acabó el verano, el trabajo y el dinero, pero retornaron la angustia y la necesidad de comer, mitigada con la beneficencia y la ayuda de algunas personas de probada solidaridad. Para colmo de males, los papeles obtenidos en el país de la pizza no sirvieron para faenar en la tierra del caldo, de modo que hubo que volver a Italia para someterse nuevamente a los caprichos de la burocracia. Jimena obtuvo el pasaporte comunitario y regresó sola a Cedeira para emplearse en el restaurante El Náutico. La esperanza y el tesón dieron sus frutos.