NO HACE tantos años, una de las atracciones de las fiestas en los pueblos era un fenómeno animal que se podía observar en un remolque por veinte duros. Era Juanita. La vaca de las siete patas. En las elecciones de marzo, el PP contaminó de partidismo el Plan Galicia y lo paseó por los pueblos como a Juanita por las ferias. Sólo ellos, decían, garantizarían el plan, convertido ya para entonces en un fenómeno sobrenatural enviado por Aznar para goce de los galicianos. En un frenesí oligopolístico, la Xunta clavó en las cunetas del territorio más vallas publicitarias del plan que el Corte Inglés de su colección de primavera-verano. Esa apropiación sin medida explica que parte de los cientos de miles de gallegos que no votan al PP jamás se hayan entusiasmado con el acuerdo del Consejo de Ministros del 22 de enero del 2003. La ausencia de concreción en los plazos y en la procedencia de los 5.500 millones de inversión extra animó a quienes no creen en el PP a tampoco creer en el plan. Lo cierto es que la credibilidad del Gobierno de Aznar estaba embadurnada por aseveraciones como la de Trillo al pisar el chapapote: «Las playas, esplendorosas». Sin embargo, algo se está moviendo en Galicia gracias a que la mala conciencia de los dirigentes en la crisis del Prestige activó una inversión millonaria para una tierra a la que el Estado siempre ha llegado tarde (véanse las autovías). Decenas de máquinas están moviendo tierras en la construcción de la doble vía férrea en el eje atlántico, los cartógrafos miden las fincas que a la vuelta del verano debieran expropiarse para empezar a horadar el Puerto Exterior de Galicia, y las constructoras echan números para adjudicarse los tramos a concurso de la autovía del Cantábrico -después de veinte años- en la provincia de Lugo. No se debe de negar lo evidente: existe un acuerdo del Consejo de Ministros al que, por vez primera en la historia, Galicia puede asirse para exigir que ahora sí lleguemos a tiempo a la revolución ferroviaria. De nada sirve que una innovadora empresa de la automoción de O Porriño fabrique componentes competitivos si no los puede colocar en un tiempo y precio igualmente competitivos en Martorell o en Hannover. ¿Y esto a qué viene? A cuento de que la sesión de investidura del nuevo presidente del Gobierno dejó un regusto inquietante. El ni fu ni fa con el que Zapatero despachó sus compromisos con Galicia -¿no había sido aquí la mayor catástrofe ecológica de Europa?- da alas a que los suyos, los del PSOE, y los otros, los que antes eran de Aznar, continúen con sus batallas partidistas a cuenta de los intereses de este país. Si no se ponen de acuerdo cuanto antes, la Xunta va a sacar a pasear otra vez su plan en la campaña electoral que se avecina y el PSOE el suyo -podrían bautizarlo ZP Galicia-. Dos Juanitas por una. Y mientras, nosotros, aquí esperando a tener un plan de todos y en paz.