El último vaquero

M. Cheda ENVIADO ESPECIAL

GALICIA

M. CH.

23 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Corpulento, de manos toscas, voz grave y buen yantar. El rostro encarnado, a medio afeitar la barba, los ojos profundos. Campechano, socarrón, amigo de las ferias. En su infancia conoció qué es la guerra, ahora ha aprendido a zapear. 72 inviernos lleva en pie, pero cada día sigue madrugando igual que antaño. Nació en la montaña lucense, donde ha vivido siempre, vive y vivirá hasta la muerte. Del campo sabe como pocos. Se llama Dositeo Balboa y encoje los hombros para preguntarse: «E se non fago esto, que foi o que fixen toda a vida, ¿que vou facer eu?». Es el último vaquero de O Cebreiro. Sobre lo sucedido aquí de once años a esta parte, desde aquel mítico Xacobeo 93, podría teorizarse escribiendo que se ha producido una terciarización de la economía y un cambio social. O sea, la gente del pueblo ha ido comprendiendo que abrir un garito, servir cocidos y alquilar habitaciones genera bastante más pasta y castiga mucho menos los riñones que arar, sembrar, recoger... Así las cosas, en un lugar perdido como este, tan cercano al cielo, ahora hay siete bares, sólo uno menos que familias residentes; por la calles circulan modernos coches, en vez de tractores; e incluso se ve mal lo de criar ganado. Por todo eso Dositeo Balboa es un tipo singular. «Non fai tanto, todos tiñan vacas -recuerda-, pero agora só quedo eu, ¿que lle vamos a facer?». Cuida de diez reses, la mayoría rubias gallegas. Con rigor, en verano las saca de la cuadra dos veces al día, hacia las siete de la mañana y luego de nuevo por la tarde, alrededor de las seis; en invierno, el nevoso y crudo invierno, ha de bastar con un paseo intermedio, a la una. «Entre darlles de comer, pastorealas e ir na herba, non hai día que lles dedique menos de cinco horas», calcula. «Bosta e moscas» Habla franco y, si bien con tristeza, admite: «Hai xente no pueblo que non mas quere porque din que ensucian as calles coa bosta, e que no vrau atraen moitas moscas». Pero enseguida halla un consuelo. «Moito lles gustan ós turistas estranxeiros e ós peregrinos -alardea-. Ademais, como agora só quedan estas, teñen pasto canto queren». Tiene dos hijos, aunque sabe que, cuando él muera, en la aldea morirá también un modo de vida. Ya no quedarán ganaderos ni más animales que seis o siete chuchos. Quizá entonces hagan de su cuadra un museo y a los críos les cuenten que allí dentro trabajaba afanoso un tal Dositeo Balboa, un vestigio, el último vaquero de O Cebreiro.