«El carnaval ya no es pecado, a las monjas de aquí les encanta»

La Voz

GALICIA

Entrevista | Juan Álvarez López Juan Álvarez recuerda a los recaudadores de los condes de Monterrei y revela los secretos del buen cigarrón: correr sobre las puntas y darle a las chocas el ritmo exacto

22 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Dentro de este disfraz debería esconderse un auxiliar de farmacia de 59 años, padre de familia y vecino sensato de Verín, pero el traje transforma al hombre, y tan pronto como concluye el ritual de la vestimenta, asistido por un ayudante durante una hora larga de atavíos, Juan Álvarez López sufre una metamorfosis, agarra firme su zamarra (látigo) y sale a la calle a imponer autoridad. El poder del cigarrón es absoluto y atávico. En tiempos aterrorizaron a toda la comarca de Monterrei y de malos que son hasta se dan miedo a sí mismos: «De niño sentía pánico, pero aún hoy cuando los oigo acercarse por el sonido de las chocas (los seis cencerros que llevan sujetos a la cintura) me sube un no sé qué por el cuerpo que me deja estremecido». -Hay varias teorías sobre los cigarrones. -Sí, algunos dicen que eran batidores de caza, gente que levantaba las piezas para los señores, pero eso no tiene sentido porque si fuese así ¿para qué iban a llevar careta? En realidad, los cigarrones de Verín (peliqueiros, en Laza) eran recaudadores de los condes de Monterrei que iban por las aldeas amedrentando a los que no pagaban impuestos. -¿Y usted zurra? -Zurro, zurro, a los amigos sobre todo. El cigarrón tiene que hacerse respetar. Vamos abriéndonos camino y al que no se aparta se le da. Ellos nos insultan, nos dicen cigarrón, lapón, mete os cartos no calzón, nos temen y por eso nos provocan. Antiguamente, cuando alguien nos tocaba por la espalda echábamos a correr detrás de él y si le dábamos alcance tenían que invitarnos a licor y bica, o pasteles, en la confitería. Pero hoy en día todavía seguimos ejerciendo de cobradores, en los bares nos pagan todo. -Usted ganó varios premios, ¿cómo actúa el buen cigarrón? -Debe correr sobre las puntas de los pies y mover las chocas de forma que el sonido sea seco y rítmico. No es fácil, piensa que el traje pesa 15 o 16 kilos. Moverse bien sólo se logra con la experiencia. -¿Cuántos años lleva? -Desde el 71. Hubo un año que no salió ninguno y el martes, casi acabando el Entroido, llamé a un amigo que sabía que tenía dos trajes antiguos en casa y lo convencí para salir. Faltaban muchos elementos y sólo teníamos seis chocas para los dos, pero salimos y la gente alucinaba, entramos en un bar y a los más viejos se le saltaban las lágrimas al vernos. Por eso ahora salimos con los niños, para meterles el bichito dentro. -¿Pero llegó a desaparecer alguna vez? -No, no, ni en el 36. Tengo un recorte del baile de Carnaval del Casino de aquel año, con menú y todo: entremeses, jamón con aceitunas, ternera rellena, mortadela, pasteles de liebre, langosta, pepitoria de gallina, pavo trufado, pastelones de crema, cafeteros especiales, frutas y quesos, todo por seis pesetas. -A los curas no les gustaba mucho. -No les gustaba nada. Siendo yo niño, en el colegio de La Salle, aquellos curas con babero nos hacían firmar un papel para que no anduviésemos por ahí. Organizaban actividades, balonmano, carreras de cintas, ping-pong, todo para que quedáramos dentro. Pero ahora el Carnaval ya es otra cosa, ya no es pecado, ja, ja; a las monjas de aquí les encanta. Juan Álvarez desgrana los aderezos del traje -«mitra de hojalata, careta de madera, badana, pelica, barba, broches, zamarra, pañoleta, fajas, ligas...»- como quien repasa los ingredientes de un brebaje secreto, con parsimonia; y aún deslumbrado recuerda a los otros ilustres del Carnaval verinés: un viejo cigarrón montado a caballo, y el mítico Fanfán, genio electricista capaz de ensombrecer al cigarrón más pintado con sus artefactos vomitadores.