«Soy rebelde, y tengo motivos»

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GALICIA

VALERÍE DE LA DEHESA

Entrevista | Alejandro Finisterre A sus 84 años, Finisterre repasa una vida en la que pasó de dormir en la calle, trabajar de peón y vender sus versos en los bares a editar a Cardenal y a los poetas del exilio

28 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Finisterre inventó el futbolín en las faldas del Montserrat porque no se resignaba a mirar mientras el resto de niños de la colonia Puig jugaban al fútbol en la explanada. Tenía 17 años, estaba cojo y no era el único. Una bomba lo sepultara en el Madrid del 36. Su padre lo había enviado a estudiar a la capital y, cuando los negocios de la familia quebraron, quedó a la intemperie. -¿A qué edad? -A los 15, había escrito dos obras teatrales con las que pensaba solucionar los problemas de mi familia y con ese entusiasmo me vi durmiendo en la calle. Esperaba a que abrieran las iglesias para cobijarme. Empeñé el abrigo. Finisterre empezó a trabajar de peón mientras vendía sus versos en el café Universal y entablaba amistad con Pedro Luis de Gálvez, un personaje famoso por sus abrazos que recorría Madrid con el cadáver alquilado de un bebé dentro de una caja de zapatos y que pronto le propuso un negocio: «Conozco a gente que pagaría 100 pesetas por tus versos. Yo te recomiendo y tú me das el 50%». -La primera tarjeta que me dio fue la de Wenceslao Fernández Flórez. Me recibió con reservas, le dije que era de La Coruña y resultó que él había estudiado con mi padre. Me invitó a un café. «Así que eres poeta», me dijo. A mí me gustaba Curros Enríquez y él me dio la dirección de la casa donde había vivido en Madrid. Nos despedimos y me dio un sobre. Lo abrí en la escalera, había 200 pesetas. -¿Qué hizo con ellas? -Darle la mitad a Gálvez e ir a la casa donde había vivido Curros. Allí no había nada, pero enfrente vi un cartel que pedía un aprendiz para una imprenta. Estaba controlada por la CNT y, dentro, las fotografías de dos grandes barbudos: Pablo Iglesias y Curros Enríquez. Momento decisivo que le facilitó la publicación de la revista que soñaba con Rafael Sánchez Ortega y sus versos sobre Os Caneiros de Betanzos en apenas en tres números, hasta julio de 1936. -Y entonces llegó León Felipe. -El 15 de octubre, desde Panamá. Vivía en la casa de Pablo Neruda y acudía a una tertulia con Cernuda, Arturo Souto, Lorenzo Varela... Teníamos que abordarlo. Teñimos el único traje que teníamos, lleno de lamparones, en una casa de tinte que tenía unos paneles pintados por nuestro ilustrador, un hombre que hacía caricaturas al minuto y pedía con su mujer en la boca del metro, y con esas pintas nos presentamos Rafael y yo en la tertulia. Antes habíamos ido al Teatro de la Zarzuela a reservar fecha para un recital poético de León Felipe, a quien todavía no conocíamos, y con esa novedad llegamos... Cuando un adolescente que se cree poeta le echa mano a un consagrado ya no lo suelta. Alejandro Finisterre se hizo íntimo de León Felipe (fue su albacea y hoy preside su fundación), cayó bajo la bomba y fue trasladado a Montserrat. «Nunca milité en partido alguno», pero el ambiente era de troskistas, anarquistas, comunistas, y «vinieron a buscarnos, me pasé a Francia y puse un telegrama a mi familia, hacía dos años que no sabían de mí: Estoy bien, en Andorra. Besos. Rompí a llorar, tenía 18 años». Aquel día, el niño que subía Panaderas hasta la casa de su «amiguita» María Casares para ver el único árbol de Navidad de toda Coruña, comenzó un viaje que lo llevaría a París, a bailar claqué (había aprendido con Celia Gámez) en el Jofre de Ferrol, a la esclavitud durante cuatro años en Melilla, a nuevas fugas, a Ecuador, Guatemala («Allí hice un futbolín de caoba santa maría, la más fina del mundo»), al secuestro y, finalmente, a México, donde se instala como primer editor de Cardenal y de los poetas en el exilio. Acaba de poner fin a sus memorias. -¿Siempre fue así? -Siempre fui rebelde, pero creo que hay motivos de sobra para serlo.