HAN SIDO tantos inviernos de espera que muchos ferrolanos se inquietaron con razón al llegar este diciembre. Después de anhelar durante la última mitad del siglo XX el día en que otro puente sobre su ría librara a la ciudad de los atascos de tráfico de Fene, veían que la autopista prometida estaba pintada, vallada, señalizada, pero estaba cerrada. Los ferrolanos fueron pasando diciembre colapsados, como siempre, en Fene. Hasta que en la agenda del ministro Álvarez Cascos tocó hacer la ruta de inauguraciones por el noroeste. Al mediodía del pasado lunes, cortaba la cinta de un tramo de la autovía entre León y Benavente; al atardecer, con otras tijeras hacía lo mismo en Ferrol; ya de noche, estaba de regreso en Madrid. Mañana, también lunes, volverá para cortar otra cinta con otras tijeras para consagrar la unión por autopista entre Lalín y Santiago. Señoras y señores, estamos en elecciones. Cascos cuenta en Galicia con un replicante instruido en el arte del tijeretazo. Otro Inaugurator que ha pasado la semana de un lado a otro repartiendo primeras piedras con loable efectividad horaria. A pesar de que un instante de hastío le empujara, no hace mucho tiempo, a telefonear a Esperanza Aguirre para tentarla a que le ofreciese una consejería en Madrid -Rajoy se enteró, según cuentan, y mandó parar-, el conselleiro Núñez Feijoo colocó en cinco días doce primeras piedras de todo un poco. Unidas a las traviesas que vino a poner Aznar hace un mes, ya hacen veinte metros de mediana. Algo es algo, que diría alguno. O bien, «inauguramos obras, porque as facemos», que diría Fraga, otro Inaugurator en estado puro. El fervor inaugurador que les ha entrado sin rubor a los del PP de Madrid y a los de aquí inunda Galicia de chapapote. No del de Mangouras, claro, sino del de toda la vida. El chapapote de las carreteras que se concluyen siempre en los meses previos a unas elecciones o el de las que se harán cuando detrás de una piedra se ponga otra. La utilización partidaria del chapapote -sea el de toda la vida o el de Mangouras- es lo de menos. Más inquietante resulta que, treinta años después de que le dijeran a los ferrolanos que le iban a hacer una autopista para escapar de Fene, el chapapote y el hormigón sigan capitalizando las promesas políticas con las que se pretende ilusionar electoralmente, una vez más, a un país.