El mundo a los cuatro vientos Un libro intenta rescatar la azarosa vida del ourensano Alfonso Graña, un aventurero que durante doce años fue rey de los indios de la Amazonía peruana
19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Alfonso I de la Amazonía podía movilizar un ejército de cinco mil indios asentados en el alto Amazonas, en Perú; fue el rey de los jíbaros durante doce años y ningún europeo podía penetrar en la selva sin su permiso. Esto afirmaba Víctor de la Serna en un artículo en el Ya , en 1935, en el que daba cuenta de la muerte de Alfonso Graña, un ourensano cuya vida parece sacada de un buen filme de aventuras. El empresario asturiano Maximino Fernández Sendín (Oviedo, 1950) está hurgando en la historia para completar las numerosas lagunas que hay en la azarosa biografía de Ildefonso Graña Cortizo, nombre completo de Alfonso Graña; así, Fernández Sendín ha descubierto el verdadero lugar de nacimiento, que no era ni Ribadavia ni Avión, sino una parroquia de éste último, la de Amiudal. Allí nació, en 1878, el futuro rey de los reductores de cabezas, en una aldea cuyas casas tenían entonces la techumbre de paja, de «colmo», «según nos relata Asunción, que tiene 90 años y es sobrina de Alfonso», explica Sendín. «Es un personaje de película; de momento queremos hacerle un monumento en Amiudal, posiblemente una escultura de tamaño natural, que recuerde a Alfonso Graña, además del libro que estoy preparando y el proyecto de recuperar su casa natal», indica con entusiasmo Maximino Fernández, autor de cinco libros sobre distintos temas, y fundador del Instituto de Estudios de A Paradanta y Condado de Tea. Sendín ha recuperado «27 documentos inéditos de Cesáreo Mosquera», otro emigrante gallego que era dueño de la librería Os Amigos do País y se encontraba periódicamente con Graña en la ciudad peruana de Iquitos. El rey de los jíbaros contaba sus historias, sobre cómo enseñó a los indios a amortajar el cadáver de un aviador, construir un molino, curtir pieles, mejorar las chozas y desalinizar el agua (llegó a obtener 50 kilos diarios de sal «con una paila comprada en Jaén», según relata el propio Graña). Estas explicaciones aparecen en los textos que Mosquera transcribía, «incluso con los gestos y las risas», explica Sendín. Esos artículos, a los que este investigador llegó gracias a los descendientes de Mosquera, son la principal fuente para conocer lo que hizo Alfonso Graña, tras emigrar a Brasil durante la llamada quimera del caucho, alrededor de 1900. «Huida» a la selva Cuando el caucho entra en crisis, Graña, como muchos otros, se traslada a Iquitos y allí nacen varias hipótesis de cómo se va a vivir con los jíbaros. Una apunta a que fue raptado para casarse con la hija del jefe indio y al morir éste sucede a su suegro. Otra sostiene que tuvo problemas en la ciudad y se refugió con los indios. Sea como fuere, lo cierto es que durante doce años, entre 1922 y 1934, fue el rey de los jíbaros y cuando un avión cae sobre esta zona, Graña rescata el cadáver del piloto y aparece, semanas después, en Iquitos con el cuerpo embalsamado y los restos de ese avión y de otro aparato que se precipitó en el mismo lugar. El ejército peruano le condecora. En ocasiones el ourensano Alfonso Graña iba a Iquitos con cuatro o cinco indios para civilizarlos : les curaba sus úlceras, cortaba el pelo y les compraba helados. Ahora, Fernández Sendín sigue investigando, a la espera que esta apasionante vida, que arranca en Amiudal y se cierra en el Amazonas, sea llevada al cine.