Feliz tráfico

GALICIA

APENAS CONCLUIDO el éxodo anterior de automóviles -con elevadas cifras de accidentalidad-, se inicia el último ciclo de operaciones especiales de tráfico de cada año, el de Navidad, portador de temores que vienen tanto por su historia como por las incertidumbres meteorológicas propias de la época. No deja de ser dramático anticipar que bastantes personas terminarán sus vidas de modo violento cuando viajan ilusionadas al reencuentro familiar. Nadie desistirá de su plan viajero, porque el accidente parece lejano, como un siniestro juego en el que participan los demás -los distraídos, los desobedientes, los frívolos o los agresivos- y en el que no hay cartas para nosotros, avispados y prudentes. Cualquier conductor debería plantearse que el tráfico tiene lugar desde las legítimas expectativas de seguridad vial con las que afrontamos la circulación, desde el convencimiento de que todos poseemos aptitudes y actitudes precisas para alcanzar el deseado equilibrio. ¿Qué ocurre entonces para que haya lugar a tanto desastre? Tal vez que en cualquier circunstancia pueden manifestarse las consecuencias de nuestra falibilidad, nuestros errores, malas composiciones de lugar y tiempo, mínimas distracciones, acciones u omisiones capaces de quebrar la normalidad. Ha fallado la conducta en las exigencias de atención y obediencia a la norma que la seguridad conjunta requiere. Conviene recordar que el tráfico nace y crece por el principio de confianza, tácito acuerdo por el que aceptamos un sistema normativo regulador. ¡Ah, si todos guardásemos fidelidad a ese principio, piedra angular del tráfico ordenado y seguro!