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21 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.DISMINUYE EL NÚMERO de caminantes atropellados -con resultado de muerte o con lesiones- en el tráfico interurbano gallego, mientras ocurre lo contrario en los núcleos urbanos, tal como los medios de comunicación acreditan en su información regional de cada día. Con la superabundancia de automóviles en la circulación urbana de cada día, es patente que se ha llegado a un notorio nivel de indisciplina, casi generalizado. Las normas genéricas para el buen gobierno de las ciudades y, mas próximamente las de tráfico, son tenidas en menos, se consideran secundarias, no se asumen en clave de solidaridad, de moral social. Las normas para el tránsito peatonal son claras cuando imponen las precauciones a seguir en los pasos de peatones -aunque no haya señales luminosas-, en las aceras y arcenes, y en la circulación nocturna. Si de conductores de vehículos se tratase, dos preceptos bastarían para evitar tanta negligencia, tanta temeridad. ¿Es necesario recordar que la luz roja de un semáforo prohíbe el paso y obliga a la parada en la línea de detención anterior, y que una luz amarilla no intermitente obliga a la detención del coche «en las mismas condiciones que si se tratase de una luz roja fija», y que una luz amarilla intermitente o dos alternativamente intermitentes exigen a los conductores extremar su precaución? Por si fuera poco, la regla básica de velocidad impone la velocidad moderada y, si fuera preciso, la detención del vehículo cuando las circunstancias lo exijan, especialmente cuando haya peatones en la parte de la vía que se está utilizando o pueda racionalmente preverse al aproximarse a pasos para peatones no regulados por semáforo o agente, y en otros supuestos parecidos. Serán precisos tenaces planes de vigilancia y sanciones severas hasta que el civismo urbano los haga innecesarios.