Reportaje | Viaje al lugar donde tres hombres pasearon desnudo ocho horas a un convecino La víctima no habla y no sale a la calle desde que ocurrieron los hechos. Está tan mudo como el municipio, en el que, por miedo o vergüenza, casi todos callan
24 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Tres hombres desnudaron a un vecino, le ataron los pies y le amarraron un cinturón al cuello a modo de correa y lo pasearon durante ocho horas por seis bares de Mesía, Visantoña y Xanceda. Según la víctima, le apagaron dos cigarros en las piernas, lo hicieron bailar sobre una mesa de billar y le golpearon los testículos con el taco. Cuando el agredido logró escapar, los supuestos autores de la brutalidad la emprendieron con el mobiliario de un bar. Un mes después, Mesía calla, Visantoña enmudece. Es un municipio de dinero. La parroquia de Visantoña, de donde es la víctima y sus supuestos agresores, parece un portal de Belén, tranquilo, con pocas casas, pozos de agua, trescientos vecinos, cuadras, pollitos, vacas y ovejas. Que lo que ocurrió allí todo el mundo lo sabe, no hay duda. Pero de ahí a contarlo... A la mayoría, ni con sacacorchos se les saca una palabra. Y los pocos que hablan no lo quieren decir todo. Unos, porque dicen sentir miedo. Otros, porque reconocen estar avergonzados por no llamar a la Guardia Civil o mirar para otro lado ante la barbaridad de tres hombres hacia a un convecino. Sí habla, por ejemplo, el párroco, Gumersindo Campaña. Primero le tira de las orejas a sus feligreses, «que muchos de ellos callaron la brutalidad que estaban viendo». Luego ruega que «no vuelvan a repetirse hechos tan horrendos, propios de otras épocas». Y por último, pide respeto para la víctima, «un chico que no está nada bien, que desde que ocurrió todo se encerró en casa y sólo se le ve salir por la puerta de atrás y pasear por el campo. Está muy avergonzado». Dolido con el municipio Tampoco se esconde el hermano de la víctima. Luis Ruiz no entiende «cómo puede haber gente con semejante crueldad, no sólo para vejar y humillar a un vecino de esa manera, también para no denunciarlo». Se le nota dolido con el municipio. Confiesa que todavía hoy, un mes después de aquello, sigue sin comprender «el silencio que reina en el pueblo». El dueño del bar Manteiga, por ejemplo, resume así lo ocurrido en su establecimiento: «Pasó hace mucho tiempo». La propietaria del bar Mosquera, donde la víctima pidió ayuda y un conocido le respondió que no quería meterse en problemas, siente no haber actuado: «Reconozco que debimos haber hecho algo, pero también es cierto que fueron muchos los vecinos que vieron todo y nadie llamó a la Guardia Civil». El dueño del bar Quique vio a la víctima entrar desnudo, sólo cubierto con un delantal y atado con un cinturón al cuello, pero en ese momento, según cuenta, se puso a hacer un café y al darse la vuelta ya no estaba. Y así la mayoría. Todos quieren olvidar.