Aires celtas en Jerusalén

La Voz

GALICIA

El mundo a los cuatro vientos Los ritmos étnicos de Luar na Lubre sonaron el miércoles en un enclave singular y simbólico: la Tumba de los Reyes de la ciudad santa

24 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

«Hola, Palestina. Estamos felices de tocar aquí». Así saludaba, en un esforzado árabe, Bieito Romero, alma de Luar na Lubre, al público del Festival de Jerusalén: Canciones de Libertad. Este encuentro musical, según sus organizadores, se esfuerza desde hace varias ediciones en ofrecer, a través de la música y las culturas propia y foráneas, un sueño de libertad que proclame pacífica y lúdicamente el derecho a existir del pueblo palestino. Y ese sueño, el mismo que empuja desde hace tiempo a Luar na Lubre a dedicarles en sus conciertos su versión de El Derecho a vivir en paz , del chileno Víctor Jara, les arrastró a aceptar sin demasiadas dudas la invitación a participar en esta edición, la primera, además, en la que un grupo español se une a las músicas de otros rincones del mundo -desde Sudáfrica, Chile, Francia y Zimbabue- que este año se dan cita en Jerusalén Este y en la ciudad de Belén. Más que flamenco Traerlos hasta la zona palestina de la mítica ciudad santa fue fruto de otro sueño y, sobre todo, del esfuerzo de los integrantes de la Cooperación Española en Jerusalén Este. Ellos han sido los encargados de financiar los gastos y el «cachet solidario» del grupo, a través del programa Acción Cultural de España en el Exterior. Su empeño entre otras cosas, también pretendía romper con el tópico y la ignorancia sobre la cultura de España que consideran al flamenco como único exponente en el mundo de nuestra riqueza de sonidos y folklore. Y Luar na lubre no defraudó. Bieito Romero, con esas voluntariosas palabras chapurreadas en árabe, cargadas de visible emoción, se ganó desde un principio el corazón de las más de quinientas personas que abarrotaban La Tumba de los Reyes, un emplazamiento arqueológico convertido en sede de las actuaciones y cuyo emplazamiento en sí mismo bastaba para añadir aún más magia a los aires celtas que envolvieron las caprichosas y ondulantes formas de la roca viva del panteón real. Allí mismo podrían estar escuchando desde sus tumbas los reyes Adiabene, de un remoto estado independiente del imperio babilonio. Como si fuera un augurio. Músicas celtas desconocidas y, en algunos casos, nunca oídas antes por la mayoría del público, que siguió con palmas y entrega cada requerimiento de los músicos, dejándose llevar por los gestos de complicidad y cariño de la banda que, a su vez, sintieron unánimemente su actuación como una de las más emocionantes de toda su carrera. La dulzura de Rosa «Para nós foi un concerto histórico, que lembraremos o resto das nosas vidas», afirmaba Bieito, tras hora y media de buena música;  hora y media en la que sintieron una motivación excepcional. Especialmente, la coruñesa Rosa Cedrón, violonchelista y voz  de Luar na Lubre, que llenó de elegancia y dulzura el escenario, y que arrancó una ovación muy emocionada del público. «Parece un ser de otro mundo», comentaba admirada una jovencita palestina a sus amigas que miraban embelesadas a la artista. El momento más emotivo llegó, sin duda, con los acordes de El derecho a vivir en paz dedicado esta vez con más sentido que nunca a su auditorio, un puñado de personas que viven cotidianamente ese anhelo de paz y libertad como un espejismo difícil de conquistar. Algunos lloraron al oírla. Otros sentimos los ojos húmedos más de una vez, por la Galicia lejana que fluía mágicamente, al ritmo de la gaita, en la fresca brisa de unas noches inolvidables en Jerusalén  y Belén.