La asociación de vecinos del barrio moañés de Verducedo reunió al cura y a la comisión de fiestas para que el día de Os Milagros se repartan amistosamente la recaudación
21 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Decidida a que no se repita el curioso espectáculo del año pasado, la asociación de vecinos del barrio de Verducedo, Moaña, convocó el lunes en una reunión al cura y a la comisión de fiestas. La culpa de todo la tiene el dinero que los fieles prenden en el manto de la Virgen de Os Milagros. La tradición dice que los billetes que se donan en la procesión, son para las fiestas; y los que se entregan dentro de la capilla, para la Iglesia. El año pasado, las relaciones entre el cura y la comisión no marchaban por buen camino. El día de la procesión, el 7 de septiembre (este año será el día 15), la Virgen, acompañada por San Antonio y otras imágenes, salió del templo para dar la habitual vuelta a la capilla, en medio de los carruseles, los chiringos y los curiosos. Los fieles entregaban los billetes, entonces de pesetas, a los miembros de la comisión que, defendiendo sus intereses, escoltaban la talla. Éstos, a su vez, colgaban los dineros en la cinta que adorna la imagen. De pronto, un miembro de la comisión habló por la megafonía, instando a los portantes de la Virgen a que hiciesen una parada antes de entrar en la capilla. Al cura, Marcelino Sánchez Somoza, no le gustó este afán recaudador de la comisión. Ordenó a los sufridos portantes que introdujesen rápidamente la imagen en la iglesia. Como tardaban en hacerlo, zarandeados por órdenes contradictorias, el propio cura empezó a tirar de la talla. Miembros de la comisión trataban de retener la imagen, con una fuerza similar a la del religioso, pero en sentido contrario, para que los rezagados pudiesen colgar los billetes fuera de la iglesia y destinarlos así a las fiestas. Al fin, la Virgen, despojada de la cinta en la que se cuelga el dinero, entró en la capilla. Don Marcelino se fue directo a la megafonía por la que se retransmite la misa para cristianos, creyentes de cualquier otra religión y ateos en general que habían acudido a la fiesta, y puso verde a la comisión. Ésta, a su vez, desde la megafonía general, a todo volumen, criticaba al cura sin recato. Tuvieron que mediar los vecinos para poner fin al espectáculo.