Esther Rodríguez enviará cartas a las principales autoridades de los dos países Está convencida de que la oscura burocracia condenó a muerte al que considera su hijo
27 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.«He sido, fui y seré su madre. Y tengo el derecho moral y legal para demandarlos». Así se expresa Esther Rodríguez, la vecina del municipio coruñés de Teo que el pasado viernes se enteraba de una trágica noticia: el asesinato en Siberia del niño ruso al que acogió temporalmente, y cuya adopción definitiva resultó imposible porque así lo determinaron las autoridades rusas. Esther tiene sentimientos encontrados. Por un lado, entiende a los habitantes de la localidad de Tomsk, en Siberia Central, y comprende las difíciles condiciones que les ha tocado vivir. Por otro, maldice cada vez que recuerda que, si le hubieran dado al niño, hoy seguiría vivo en Galicia, disfrutando del verano como un chaval cualquiera de diez años. Según explica, el niño apareció muerto el 16 de mayo en el canal del río Tomb, que cruza la ciudad de Tombsk. «El gobierno ruso reconoce que fue asesinado, incluso hablan de que ha habido detenidos, pero no sabemos más detalles». La traducción exacta a nuestro alfabeto del nombre del niño sería Serguey Mookev. El chaval se pasó los últimos meses de su vida pidiendo por las calles, después de haber estado internado en un psiquiátrico por decisión de sus padres postizos rusos. La madre adoptiva gallega y su marido, Andrés Froján, no están dispuestos a olvidar. Esther anuncia que enviará cartas al Rey, a José María Aznar, a Manuel Fraga e incluso al presidente de Rusia, Vladimir Putin. «No lo puedo resucitar, pero quiero dejar claro que el niño ha muerto por la ineptitud de la Administración rusa, no me voy a callar», dice Esther. La familia gallega ha dejado también en Rusia una demanda contra una de las personas que, están convencidos, intervino para que la adopción nunca fuese posible. Se trata de la funcionaria Tatiana Akulova, que llegó a decirles a los padres que prefería que el niño se muriese antes de entregarlo a un país capitalista, o barbaridades como que en España todos los hombres eran vagos o que el Gobierno pagaba a los españoles para que fuesen a Rusia a buscar niños «para quitarles el corazón». Esther no le guarda rencor al pueblo ruso. Pero asegura que hará todo lo que esté en su mano para que no se vuelva a producir un caso como el del pequeño Serguey, hoy una víctima del sistema.