Odisea africana con final feliz

Alfredo López Penide
LÓPEZ PENIDE PONTEVEDRA

GALICIA

ÓSCAR VÁZQUEZ

El sierraleonés que estuvo retenido en Senegal a la espera de unos visados para sus hijas ya está en Marín Se acabó la pesadilla. Unissa Mansaray, el compañero de la pontevedresa que fue deportada de Portugal a Senegal el pasado febrero, y que tuvo que permanecer en el país africano a la espera de conseguir un visado para sus dos hijas, ya se encuentra en Marín con su familia. El súbdito de Sierra Leona, nacionalizado español, no piensa volver a su país. «Luché por traer a mis hijas y aquí he encontrado una familia y un trabajo». Las chicas, ayer de compras en Vigo, estrenaron el jueves colegio.

03 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La odisea de Unissa comenzó el 12 de febrero de este año. Ese día, este sierraleonés y su novia -Ana María Soto González- vieron como la sonrisa que tenían desde que se habían reunido con las hijas del primero se les borró de golpe. Primer obstáculo. No hay plazas suficientes para volar a Lisboa. Sólo viajan Ana Isabel y una de las muchachas, pero las autoridades lusas las deportan a Senegal porque la menor carece de visado de entrada. Buscan nuevos pasajes. No aparecen. Y si los consiguen, o no llegan los visados o no cabe más gente en el avión. Los problemas aumentan. El dinero se va acabando. El 20 de marzo, Soto González regresa sola a Pontevedra y vuelve a intentarlo. Necesita los permisos para las chicas. «Cuando mi novia volvió a España -dice ahora Unissa- fui una y otra vez a la embajada, y siempre me decían que volviese la semana siguiente». El tiempo siguió pasando y las penurias se acrecentaron con los primeros problemas de salud. El hombre, de 34 años de edad, dijo ayer que le quedan «secuelas, algo de fiebre y diarrea». Y también recordó el consuelo de las ayudas que periódicamente le enviaban «las buenas gentes, mi novia y su madre». Unissa sonríe cada vez que se nombra a sus hijas. Ellas fueron su principal apoyo durante estos dos últimos meses, ellas y el deseo de traerlas a España para procurarles un futuro mejor: «Mi país está en guerra y pasaban hambre. Tenemos nuestros corazones puestos en Sierra Leona pero somos felices aquí, en Marín». Llegó a España «como refugiado», aprendió el idioma y se hizo a la mar. Un desgraciado accidente laboral le convirtió en pensionista -aún tiene pendiente una vista civil-, pero no piensa desaprovechar el tiempo. «Voy a ponerme a estudiar como mis hijas».