Valerón, el talento impasible

JOSÉ M. FERNÁNDEZ A CORUÑA

GALICIA

DEPORTIVO Ni una palabra más alta que otra ni un mal gesto. Así es Juan Carlos Valerón, el nuevo héroe deportivista. Un personaje sin dobleces, un futbolista carente de alharacas y sin el empalagoso glamour que envuelve a los nuevos héroes del siglo XXI. Cuarenta y cinco minutos bastaron para que la mente del jugador canario (Aguineguín, 1975) diseñara el triunfo más prestigioso del Dépor en Europa; de sus botas salieron los pases con los que Pandiani y Naybet tumbaron al Manchester en apenas un suspiro.

26 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Los goles soñados, un par de jugadas que definen lo que al parecer debe de ser un equipo -¿un estado de ánimo?, ¿una suma de orden y talento?-: unos proyectan y otros ejecutan. Valerón pasa por ser un jugador intermitente, talentoso en lo deportivo y discreto en lo personal. De profundas convicciones religiosas -pertenece a los Atletas de Cristo-, le gusta tocar el bajo -en la soledad de su casa o en compañía de César Sampaio o Donato, con quienes comparte creencias-; es introvertido, pero capaz también de marcarse un pasodoble ante la insistencia de la presidenta de una peña deportivista. Hay deportistas con estrella, acaparadores de ruido mediático, para los que un campo de fútbol es el escenario ideal para proyectar su ego. Otros no, como Valerón, como Ryan Giggs, su rival el martes pasado. El extremo del Manchester ha encandilado durante toda una década en Old Trafford, pero su internacionalidad con el ignoto, futbolísticamente, País de Gales no emite la misma sensación que las poderosas Inglaterra o Italia. A Valerón le ocurre otro tanto, pero ni siquiera se permite el capricho de coleccionar coches de lujo, única frivolidad de Giggs. Internacional con España (debutó el 18 de noviembre de 1998), su fútbol parece exigir pedantes reflexiones para explicar la magia que brota de sus botas. Quizá por eso no conectó con la afición del Atlético -«pecho frío», le llamaban- ni la hinchada de Las Palmas le perdonó su fichaje por el Mallorca. Su llegada al Dépor, tras el descenso del Atlético, coincidió con una de sus crisis. Él, Fran y Molina pagaron el pato de la derrota de España ante Noruega en la Eurocopa del año 2000. También entonces encajó sin pestañear las críticas. Ahora ha rendido Riazor a sus pies y es un indiscutible de Camacho, como antes lo fue del sargento Cúper.