OSCAR ALFEIRÁN / LA CRÓNICA La juventud y las ayudas públicas permitieron a muchos ganaderos mejorar la competitividad de sus establecimientos
02 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.OMÁN Iglesias Castro tuvo suerte. Cuando solicitó las ayudas para ampliar su explotación ganadera de Palmou, en Lalín (Pontevedra), su expediente fue uno de los primeros que la Consellería de Agricultura aprobó allá por el año 1996. Obtuvo la máxima puntuación gracias a que cumplía todos los requisitos exigidos: era joven -tiene en la actualidad 38 años-, tenía contabilizadas más de 500 horas en diversos cursos de formación y se había puesto al frente de la granja que construyó su abuelo y que su madre gestionó hasta jubilarse hace unos once años. Román sabía que con las 960.000 pesetas de subvención sólo liquidaría una pequeña parte de la obra que necesitaba realizar, pero se arriesgó. «Daquela era unha época que parecía que podiamos ir para arriba», recuerda. Tuvo que pedir un crédito, deuda que terminará de saldar este año, para acabar de pagar la nave, el circuito de ordeño y la fosa de purines que tanto necesitaba. También contó con otra subvención de la Unión Europea para amortizar los pagos. Aunque el dinero llegó cuando ya había ingresado dos anualidades, Román es consciente de que el auxilio de la Administración le valió de mucho, «porque se non, non daría afrontado a inversión». Eso sí, cree que se debería agilizar más la entrega de las subvenciones una vez concedidas para evitar situaciones desagradables. «Menos mal que non tiven un revés, senón iba ó tacho», asegura. Más cuota láctea A pesar de las dificultades para modernizar las instalaciones y para conseguir producir una leche de la mejor calidad, en pocos años su cabaña pasó de doce a veinte vacas frisonas y su producción aumentó considerablemente, hasta el punto de que el año pasado le fue aprobado el aumento de cuota láctea de 19.000 kilos que había solicitado. Era un sueño hecho realidad: prosperar en el lugar que había elegido con su mujer, Guadalupe, para ver crecer a sus hijos, Rubén, de 7 años, e Iago, de 6. Pero es realista. Conoce como nadie su profesión y las dificultades que la rodean. Es consciente de que estos apoyos económicos de la Administración no bastan para normalizar la situación del sector. Además, cree que las ayudas se deberían dar al producto final, porque eso permitiría que todos los ganaderos las recibieran. Injusticias De hecho, un vecino suyo vivió en sus propias carnes las injusticias que provoca el actual sistema. Por su edad -tiene 49 años- le denegaron un aumento de cuota que le resultaba imprescindible para trabajar con cierto desahogo. Son las luces de vivir la situación de cerca día a día. Román está muy concienciado de que «ou andas, ou aplástante para abaixo». Por su cabeza pasan a diario las inumerables crisis que ha vivido el campo en Galicia en los últimos años. Todas le afectaron directamente, y todas, claro, le fueron minando la moral. Quizás la que le trae peores recuerdos es la de las vacas locas: los precios de la leche bajaron, una vez más, a límites desconocidos hasta entonces, y todavía se acuerda hoy de lo que le pagó un tratante por una partida de tres becerros: «Só 40.000 pesetas. Non saquei nin para o leite que usei para cebalos», se lamenta. Aunque ve el futuro «moi negro», su ilusión sería ampliar su explotación de Palmou. Necesitaría entre veinte y veinticinco millones de pesetas para hacerlo, pero por el momento ni siquiera se lo plantea. Amparo económico Además, es consciente de que necesitaría de nuevo el amparo económico de las instituciones, aunque cree que éstas deberían trabajar de cara a solucionar los problemas reales del sector, como el minifundio. «Para traballar 50 ferrados de terra teño que moverme co tractor por vinte fincas diferentes», indica. La concentración parcelaria es el primer paso. Lo tuvo claro cuando firmó para solicitarla en su parroquia. Pero no se inició porque el Concello no consiguió las rúbricas necesarias. A Román se le ve muy lúcido cuando dice que el siguiente paso debería ser el asociacionismo. «Teríamos vacacións, mellores prezos, menos traballo e non faría falta tanta maquinaria», recalca. Es un sueño. «Hai que aguantar, e cando non se poida, tirar a toalla», sentencia.