El Melenas hace historia

La Voz

GALICIA

PABLO GONZÁLEZ EN DIRECTO El Ejército recibió a los últimos quintos gallegos tras 150 años de mili obligatoria

10 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

O les recordarán como a los últimos de Filipinas. Pasarán a la historia militar con letra pequeña. Sin medallas al mérito. Pero como los grandes héroes, que no se sentían especialmente extraordinarios, los chicos que recogieron el petate en el cuartel de Atocha de A Coruña apenas sentían el cosquilleo histórico de ser los últimos soldados gallegos de reemplazo. Los últimos de Atocha. Un chiste fácil. «Eu sei que son o último por unha carta que nos mandaron», recuerda Jesús Alberto Lanzós, de dieciocho años y cara de muy niño. Fue al primero que bautizaron con un mote evidente: el Melenas. Por su cabellera lacia, como de paje medieval. Sus mechones se precipitaron como paracaidistas sobre el suelo rojo de la barbería. Antes del rape, el Melenas recibió una carta con poco fondo. Si no, se hubiera sentido más importante. Sabría que es de los últimos de muchos que desde 1856 saciaron la sed de jóvenes del Ejército español. ¡Buf! El Melenas pensará que entonces aún se peleaban los dinosaurios. «Tu tranquiliño, que na mili engórdase ben», animaba el tío del Melenas. A algunos, más que animarles, había que reanimarles. El día gris, la espera en una destartalada caseta, la maldita incertidumbre ... Los nervios se disimulaban, pero nadie puede engañar a una teniente médico que toma el pulso. «Tienes el corazón a cien», le dijeron. Fuera de los muros del patio, donde la banda de música militar ensayaba como si soñara con una jam session en un club de Nueva Orleáns, un regimiento de objetores sabía que la simple petición de prestación les libraba de donar nueve meses al Estado. Lo dice un militar. «Otros años recibíamos hasta 600 en una semana». Los últimos de Atocha no superarán la mitad. Ante tanto mundo que ya no volverá, viene a la cabeza uno de esos western crepusculares, donde tipos con pistola que ya eran historia -John Wayne- se enfrentaban a tipos con delantal y libro de leyes -James Stewart-. Ya lo dice un mozo regordete que lleva dos días en el cuartel. «¿Esto?, ni la mitad de lo que me contaba mi padre de la mili». Él será de los últimos que aburrirá a su novia con historias de mili descafeinada. A Óscar Chouza se le confunde con el padre de uno de los quintos. Como si al cruzar el umbral del cuartel sus niños ya se convirtieran en hombres, cambian los besos por los abrazos y los apretones de manos. Chouza tiene 27 años y una avanzada alopecia. Quiere opositar a la Guardia Civil, y exigen la mili. No tenía elección. No fueron a despedirle. La mayoría son chicos que desertaron de los libros -sin prórrogas- y los cambian por los petates que reparte Mari Carmen en el almacén del cuartel. Son sus niños. De un rápido vistazo, calcula las tallas de los mozos. «Si no os sirven las botas, no las estrenéis», les dice. Mari Carmen rara vez se equivoca. «¿Vestímolos de verdade ou facemos o paripé», pregunta al ver al fotógrafo. Les tocó la negra. La expresión hunde su etimología en la bola negra entre cuatro blancas que sorteaba el servicio militar antes de que fuera obligatorio. De ahí también viene la palabra quinto. De un desafortunado de cada cinco. Los quintos crepusculares firman en un papel que viene a decir «ya sabéis a lo que venís». Alquien, con sonrisa irónica, comenta: «Ya no hay vuelta atrás». Entre tanto caqui mimetizado hay jóvenes de civil en formación. Son los que alegan enfermedad. Como José Pérez, que lleva bajo el brazo una radiografía de su fémur roto. José sabe dos cosas: que le quitarán su pendiente y que está más fuera que dentro. El Melenas se pone la gorra, el ceñidor con las patas de águila para abajo y mira a su alrededor. Ya se siente importante.