El enemigo invisible

Pablo González
PABLO GONZÁLEZ A CORUÑA

GALICIA

XURXO LOBATO

El uranio empobrecido no figuraba entre los riesgos cotidianos que asumieron las tropas gallegas destinadas en Kosovo Los soldados gallegos que cumplieron con la patria y con la OTAN en Kosovo temían sobre todo a las minas, a las mafias, a los albaneses agitados, a los agitados serbios, o al efecto del alcohol sobre el dedo que apretaba el gatillo de un Kalasnikov incontrolado. También les preocupaba la comida -«Aquí la lechuga es como el repollo», decían-, las dificultades para llamar a casa -los satélites parecían pasar de largo sobre Kosovo- y la forma de conducir de los kosovares, que sorteaban los baches sin pensar en los que venían de frente. El uranio no estaba entre los riesgos.

03 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

En las llamadas a casa, los chicos y chicas de la sección de Zapadores, que compartían cuartel con el ejército italiano en la ciudad de Dakovica, se las apañaban para ocultar que habían estado durante horas con la rodilla apoyada en un campo sembrado de minas. Jamás mencionaron el riesgo que podía suponer acercarse a una zona bombardeada con las temibles balas anticarro GAU-8. Y eso a pesar de que los informes de la OTAN desclasificados en febrero ya dejaban claro que la carretera que unía Dakovica con Prizren fue una de las más castigadas con uranio empobrecido, muy práctico para perforar el blindaje de los tanques como si fuera cartón-piedra. En su manual de campo podían aprender a salir vivos de una picadura de serpiente, pero no a alejarse de lugares donde se usó esa munición. «Calma tensa» era la frase más pronunciada por los mandos de la Agrupación Táctica Galicia, con sede en Istok. Era una zona rural en donde estaban los gallegos de la Brilat y en la que la mayor preocupación era proteger a las minorías serbias y gitana de la mayoría albanesa, que a veces confundía la victoria con la humillación. Aquí también se pudo hablar con libertad con los soldados. Se quejaban de la comida, temían los excesos con el alcohol de los albaneses, que celebraban sus borracheras con salvas de fusil, pero nadie se aventuraba a pensar que las mismas bombas que un día lanzaron sus aliados podrían, supuestamente, volverse contra ellos. A toro pasado, uno de estos soldados ata cabos: «Antes de instalarse en los destacamentos se usaron aparatos para medir la radiactividad», dice.