Embarcados en ataúdes

Mario Beramendi Álvarez
MARIO BERAMENDI SANTIAGO

GALICIA

SANDRA ALONSO

Las familias de los marineros del «Zorro Zaurre» piden que se revise el estado de la flota del Gran Sol Al oeste de Irlanda, el oceáno urde su venganza contra los vivos. Cientos de pescadores gallegos faenan a diario en esas aguas, expuestos a los inmisericordes caprichos del mar más cabreado del planeta: el Gran Sol. Allí, en la tempestad, han sobrevivido los trece tripulantes del «Zorro Zaurre», un barco de 37 años de antigüedad. El mar abrió una vía de agua en el pesquero y también ha abierto un debate: el de la seguridad de una flota de barcos ancianos que se faja con un oceáno que nunca envejece.

01 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

A Lavacolla, de madrugada, llegaron los trece tripulantes vivos, pero podrían haber arribado trece cajas y escribir una nueva tragedia de viudas, huérfanos y lamentos. La esposa de Carlos Rey Moreira, uno de los náufragos de Marín, lo sabía. También lo sabían sus padres. Allí estaban los tres, en el aeropuerto, sin saber si llorar o reir, a la espera de ver la cara del marinero. Igual que su hijo en medio de la tempestad, el progenitor del náufrago aún tuvo arrestos para hablar en medio de otro temporal de emociones: apareció la fuerza de la palabra para denunciar que la flota del Gran Sol, abanderada en Inglaterra, no son barcos sino abuelos que se bambolean al arbitrario dictado de la meteorología. «¡Moitos ían ó desguace en Inglaterra!», se lamentaba. A escasos metros, otra familia desmenuzaba en sus cabezas lo que pudo ser y no fue. Eran los padres de José Benito Estévez, de 28 años, vecino de Bueu. Mientras sus dos hijos soñaban con los ángeles la madrugada del jueves, él vaciaba un cubo detrás de otro para achicar el agua. El mar sonaba en los trancaniles del barco y José Benito llenaba recipientes. El viento introducía la tragedia con cínicos silbidos. «¡Había que safarse, había que safarse!». Pero el parte anunciaba fuerza diez y ponía cerco a tanto esfuerzo inútil. Los testimonios de Lavacolla arrastraban la atención de los presentes, como cuando una abuela narra un cuento. Sin embargo, en la mente del padre de José Benito merodeaba otra idea. La convicción de que esa flota no cumple las condiciones de seguridad, barcos que son como un puñado de garbanzos en remojo sometidos a los vaivenes de cocina. Al final apareció la pregunta tan esperada. «¿Volverán vostedes ó mar?» Y al interrogante respondió otro interrogante: «¿E de que imos vivir entón?». Ya lo había advertido José Rodas, uno de los náufragos: «Nós somos como os toreiros, aínda que recibamos unha collida, volvemos». Ellos, en verdad, regresaban de lidiar y volvieron por la puerta grande. La puerta de la vida.